Mochilero en la frontera terrestre de Gambia
Medicamentos prohibidos
En general, las fronteras africanas no suelen tener muy buena fama, aunque algunas. cierto es, tienen más mala fama que otras, como ocurre con las fronterizas entre Senegal y Gambia o Mauritania que son de las que se encuentran en el TOP 10 de las " Border Corruption" en África. Y la que iba a cruzar yo esa mañana estaba entre aquellas que tienen fama de ser sorprendentemente corruptas. Los diligentes policías gambianos, tal como comprobé en primera persona, se esforzaban para mantener su popularidad, no fuera que perdieran posiciones en favor de otras.
Dejé el paso fronterizo de Senegal sin ningún problema. El transporte público procedente de Kafountine nos dejó justo en el paso fronterizo de Karang (Gambia). A primera vista, una construcción semejante a un chalet y un aire pueblerino no hacia pensar que en su interior se cocían, a fuego lento, los mejores platos para enriquecerse rápido a costa de los turistas o viajeros.
En la misma calle polvorienta, chavales con mochilas abarrotadas de billetes gambianos ofrecían cambiar divisas. Los pasajeros me aconsejaron que lo hiciera aquí. Al acercarme a uno de ellos, ya ocurrió algo que no me gusto, cuando una funcionaria de enorme portapedos se dirigió a mí con muy malos modales, exigiendo que entrara al interior de las oficinas,¡ Que te follen! Oí decir al Viajero Pesimista. No le hagas caso, ¡Claro! Para no hacerle caso, con ese agrio carácter.
En el interior, recuerdo que había mucho movimiento, mucha gente por todos lados, que parecían ocupados en cosas importantes. En la habitación que me indicó que entrara había tres funcionarios que ni me miraron a la cara, concentrados en sus quehaceres administrativos .¡Tres mil dalasis! De repente, sin alzar la vista de lo que estaba haciendo, soltó sin más preámbulos. ¿Cómo? ¡muy caro! Dos mil está bien. Me dijo con voz monótona. Extendió su brazo, cogió mi pasaporte, lo abrió, y estampó un sello en una de las páginas vacías. Mi visado me autorizaba a permanecer una semana en el país, pero para mí era suficiente un día. Mi vuelo a Barcelona salía al día siguiente.
Dalasi es la divisa de Gambia.
Cuando creía que ya estaba, que había ahuyentado las picaduras de las ávidas avispas africanas, que salía victorioso y triunfante de aquel lugar de personas enamoradas del dinero fácil, mi amiga de portentosas posaderas, creadora de los mejores efectos especiales sonoros que podía reproducir ese culo y los fragancias aromáticas más perjudiciales para la salud, volvió a interceptarme como una buena perra guardiana y me acompañó a otra sala, regalándome una sonrisa maléfica. Allí, en una pequeña sala sobria con una envejecida mesa y dos sillas de formación, esperaba otro policía predispuesto a registrarme minuciosamente. Mientras inspeccionaba mi cuerpo y mi mochila solo le falto meter sus asquerosos dedos en el interior de mi ano y prácticamente tocarme físicamente las pelotas; además, no dejaba de repetir que las drogas estaban prohibidas. En ese aspecto estaba totalmente tranquilo porque no era consumidor ni esporádicamente.
Sin embargo, cuando abrió el neceser y vio la caja de ciclobenzaprina, un relajante muscular que recetó mi médico en España por fuertes dolores causados por una contractura muscular y que llevaba porque todavía no me había recuperado completamente cuando inicié mi viaje, sus ojos se iluminaron de una manera turbia y asquerosa. ¡Ya me tenía! Según él, este medicamento tenía un componente en su composición que estaba prohibido en su país y solo se permitía acceder con prescripción médica, de lo contrario, debían detenerme y esperar a que se llevara a cabo un juicio rápido en unos días para saber el veredicto final. En los listados de medicamentos prohibidos que busqué por Google en Gambia encontré varios, pero ninguno era este.
| Según este listado que encontré en internet son estas las sustancias prohibidas que no permiten pasar un medicamento si lleva una de ellas en su composición, |
Al no tener la prescripción, tomaron mis datos y escribieron en un papel en blanco mi declaración sin membrete ni sellos oficiales, en la que "El Viajero Pesimista declaraba que llevaba el medicamento..."
Me preguntaron si quería firmar la declaración, lo cual hice. Luego, aprovechando la situación que se avecinaba de larga espera, pregunté si podía salir a fumar un cigarro en el patio interior. Me dejaron salir.
Sentado en el bordillo de la acera, resguardado bajo un pórtico, se acercó un nervioso guineano a charlar conmigo. Había enviado varios mensajes por wasap a un familiar suyo, pidiéndole que le enviaran la prescripción médica del medicamento que no le permitían pasar y que también lo tenían retenido. Por lo visto, hoy era el día de las pastillitas dichosas. No obstante, a los quince minutos, recibió un mensaje con la prescripción médica que mostró a los oficiales, quienes le dejaron pasar sin más demoras. Volvía a estar solo en la causa, sin aliados. Y es que como dice el refrán popular: " Mal de muchos, consuelo de tontos".
Ya había pasado una hora en el patio interior, intentando mostrar una imagen de indiferencia, cuando otro funcionario me invitó a regresar a la habitación. Después de diez minutos explicándome las graves consecuencias de mi infracción, me ofreció, como no, una solución muy africana. Lo dijo tan natural que no parecía ni una extorsión: " Dame 300 euros y miraremos hacía otro lado y te dejaremos pasar". ¡Ja,ja,ja! Me invadió una risa nerviosa y le dije que no. Indignado, me amenazó con perder el avión al día siguiente y me advirtió que me preparara para pasar lo noche en una celda. Salí nuevamente de la habitación.
Mientras esperaba, ya comenzaba a considerar que al final debería aceptar, después de regatear, pagar algunos euros. Otra opción era negarme y ver si todo era un farol para extorsionarme y las consecuencias tan solo se limitaban a retirarme el medicamento. Pero como no las tenía todas conmigo, preferí optar la opción de aceptar el teatrillo de esos hijos de puta.
Regresé dos veces más a la habitación, presionado por un mando enfadado que me indicaba que me estaba haciendo un favor ( si resultaría que en vez de una frontera estaba en una ONG). Al final, después de casi tres horas, conseguí pagar 60 euros para que me liberaran. Hubiera preferido pagar menos, pero tampoco deseaba pasar mi último día en África allí.
Llegar a Banjul, la capital, fue más sencillo y gratificante. Los policías no eran el reflejo de la sociedad gambiana, como demostraron dos bonitas chicas africanas sentadas delante de mí que no me dejaron pagar el billete del transporte público, después de la amistosa conversación que tuvimos. Bajé enfrente del monumento Arch 22, construido en 1996 para marcar el golpe de estado militar del 22 de julio de 1994 a través del cual se derrocó a un gobierno elegido democráticamente. Ese Arco fue la verdadera entrada a Gambia, aunque no representara la libertad precisamente. Una entrada como Dios manda, sin trucos de magia que te vaciaban los bolsillos.
Gracias a esas chicas consiguieron que rápido me olvidara de mi experiencia en la frontera, que quedara ensombrecida por ese bonito gesto al Viajero Pesimista.
2019

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