Un respiro en el valle
Cochabamba, al séptimo día del segundo mes de 2026
Llegué al mediodía al moderno y pequeño aeropuerto de Cochabamba, huyendo de los males provocado por la altitud.
Llegar al centro en taxi me costó 40 bolivianos. Y no me resultó complicado recordar la dirección; esa vez no tuve que mirar de nuevo la aplicación de Booking para indicarle al conductor: Calle España 342, Hotel Monserrat.
La mayoría de las habitaciones daban a un patio interior, excepto algunas que daban a la calle y tenían un pequeño balcón. Seducido por la luminosidad de la habitación y su amplitud no me lo pensé dos veces y me quedé con una de las que daban a la fachada principal, sin saber que por las noches se creaba un barullo de sonidos musicales y de personas en locales nocturnos. Aún así, no fue un gran problema: después de varias noches de mal dormir en La Paz, pasé allí dos noches profundamente dormido ajeno a lo que ocurría unos metros más abajo.
—¿Quiere cancelar la segunda noche mañana?
—¿Qué? —le dije sorprendido a la recepcionista—.
—Me refiero a si quiere abonar la segunda noche mañana.
No asocié "cancelar" con "abonar"; como siempre, estaba más espeso que la miel.
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Plaza 14 de septiembre |
Me dirigí a la plaza principal, a escasos cuatrocientos metros de mi alojamiento. No era una ciudad especialmente cautivadora ni rebosante de grandes atracciones turísticas, aunque el ambiente de artistas y músicos callejeros me dejó embelesado, como si obrara un encantamiento. Frente a la fachada de la catedral, subido a un pequeño podio, un joven pintado de blanco y vestido de pirata permanecía inmóvil como una estatua; solo se movía cuando alguien le daba una moneda. De un altavoz sonaba en bucle una de las canciones más famosas del grupo español Mägo de Oz, convertida ya en un himno: Fiesta Pagana. Probablemente sea el grupo de rock español con mayor éxito en América; bastaba con ver sus reproducciones en YouTube.
Tras pasar un rato observando aquel pequeño espectáculo callejero, continué mi paseo por unas cuadras más abajo. Fue entonces cuando me llamó la atención una iglesia de fachada blanca que, en su primera época, allá por el 10 de abril de 1574, comenzó a funcionar como hospital, conocido entonces como Hospital de San Salvador. Actualmente es la Parroquia Rectoral San José (San Juan de Dios). Si no hubiera leído el panel informativo sobre la historia de aquel edificio, jamás habría imaginado que tras una fachada tan anodina se escondiera tanta historia.
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Cholita y Parroquia Rectoral San José |
No muy lejos de la iglesia, una cholita vendía algunos productos a otra persona. Su pollera no era tan abultada; era más recatada, más ligera, quizá porque el clima allí era más benigno que en el altiplano y no se necesitaban tantas capas. Las mujeres no eran muy agraciadas según los cánones europeos, esos que exaltan piernas largas y cuerpos esterilizados que desfilan por las pasarelas del mundo de la moda. Pero quién dicta lo que es bello y lo que no lo es.
Ya lejos de aquella cholita, y después de dar una vuelta por la estación de autobuses en busca de algún vehículo que me llevara a Villa Tunari al día siguiente—para así dividir en dos etapas mi viaje a Santa Cruz de la Sierra y no castigar más todavía mi espalda—, descubrí que ninguno salía desde allí. Entre el bullicio de los buscadores de pasajeros y el movimiento caótico de la terminal, no resultaba fácil ordenar nada mentalmente, a pesar de que todo estaba en castellano. Me informaron de que debía dirigirme a otra parada de autobuses, mas pequeña y sin terminal.
Sin mejores opciones, retorné a la plaza principal para comer en un restaurante que daba a un patio interior, el cual cerraban por la noche con una verja. No daré reseñas, porque no recuerdo ni el nombre del pescado ni el del restaurante, pero estaba sabroso.
Con el estómago lleno me fui andando hasta el pie del Cristo de la Concordia, ubicado en la cima del cerro San Pedro y con una altura de 34,20 metros. Se podía llegar hasta arriba en teleférico o subiendo unas escaleras interminables para superar los 265 metros de desnivel sobre la ciudad. Y aunque a simple vista me pareció un camino seguro, habían reportado atracos en las escaleras que llevaban a la cima; así que, como cualquier turista precavido, tomé el teleférico, cuyo precio resultaba irrisorio para mi economía.
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Teleférico en el carro de San Pedro |
Mientras ascendía, pude percatarme de que había numerosos rellanos en las escaleras, cada uno con estatuas relacionadas con representaciones religiosas. No tenían gran valor artístico, pues eran de construcción reciente, pero daban cierto aire de vía sacra al ascenso.
Al fin llegamos a la cima y pude contemplar la estatua, cuyo acceso interior estaba cerrado. No me pareció que tuviera nada especialmente destacable, más allá de su imponente altura. Lo mejor eran, sin duda, las vistas de la ciudad: desde allí se divisaba el lago artificial y la pista del aeropuerto, pegados a la urbe como si hubieran sido encajados a la fuerza en el paisaje. Y las montañas, teñidas de verde, la rodeaba como un bella estampa irlandesa en un extraño día soleado.
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Cristo de la Concordia |
En un momento dado, como si un dios iracundo y vengativo quisiera castigarnos por algún pecado mortal, se levantó una ventisca en la cima, indiferente ante la impasividad del Cristo de concreto. Opté por bajar en el teleférico, huyendo de la cólera poco compasiva de un creador caprichoso.
Volví a recorrer los pasos que había dado para llegar hasta allí y aproveché para entrar en una pequeña tienda de deportes que olía a poliéster nuevo. Compré varias camisetas de la selección boliviana: costaban solo 150 bolivianos y me ahorraba 70 en cada una respecto a las que vendían en Santa Cruz y que pensaba comprar el último día. Dos para regalar y una para mí. Desde hace no mucho, influenciado por un influencer anglosajón que coleccionaba camisetas de los países que visitaba, decidí adoptar la misma costumbre.
Un argentino borracho se desplazaba a tumbos con la camiseta de la selección albiceleste justo cuando yo volvía a mi alojamiento con mis tres camisetas de Bolivia. No sé si era peligroso, pero sí era evidente que él tenía la costumbre de perder los sentidos por acumulación de alcohol. Los pubs aún estaban vacíos y él ya había cruzado a ese territorio de sentiencia difusa donde la razón pierde peso y los impulsos se coronan reyes de la noche.
Salir por la noche empezaba a parecerme una llamada de la selva: una invitación a abandonar, aunque fuera por unas horas, un mundo lleno de constricciones normativas a las que pocos son fieles por devoción o creencia. Tal vez era porque me estaba haciendo viejo, tal vez porque ya no podía disfrutar como cuando era joven, o tal vez porque los chicos de la entrada de los locales de música ni siquiera hicieron el ademán de invitarme a pasar. Era un señor, ya no aquel chaval que salía y bebía para desinhibirse.
Saludé al recepcionista y subí con la nostalgia de quien sabe que el tiempo ya ha pasado, que ya no quedan excusas para emborracharse ni mentiras que contarme. Todo se esfumaba, incluso lo positivo. Y en aquella amplia cama solo quería desaparecer, dejar de existir; al menos hasta mañana, hasta que la luz del sol me ofreciera una nueva esperanza, una nueva idea para descifrar este mundo y encontrar algo más que el frío reino de los átomos convertido en algoritmos vestidos con sus más bellas geometrías. ¿O acaso la Nada se había presentado esa noche tal como es, despojada de todo adorno?




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