Un alto en el camino húmedo

 Villa Tunari, al octavo día del segundo mes de 2026


Tomé un taxi hasta la parada de Chapare, desde donde salían los autobuses hacia Villa Tunari. No era más que varios vehículos estacionados en un lateral de una calle comercial. El billete lo compré en una de las rudimentarias “oficinas” al aire libre de las compañías, que no eran otra cosa que una mesa y una silla protegidas por un toldo de plástico.

El autobús no salía hasta las 11:00 h, pero en la práctica partió media hora antes. Menos mal que solo estuve una hora paseando y llegué cuarenta y cinco minutos antes de lo previsto.

Ya en el interior del autobús, como un déjà vu, sucedió algo muy parecido a lo que me ocurrió hace veinte años en un viaje por Perú. Parecía que el tiempo no había transcurrido. El miedo a la enfermedad y la muerte siempre ha tenido un poder enorme sobre las voluntades humanas, y aquel hombre lo sabía bien. Se situó en el pasillo, en las primeras hileras, con un micrófono y un pequeño altavoz para que todos lo escucháramos.

Primero hizo una introducción sobre las enfermedades y la relación que tenían los hábitos con ellas. Luego focalizó su discurso en los intestinos y en las consecuencias letales de no cuidarlos, creando una atmósfera de inquietud entre los pasajeros. Todo lo decía con un lenguaje sencillo, pero respetando los tiempos y la tonalidad de un verdadero orador. Estaba claro que en su mochila llevaba la solución a todos los males y, solo al final, cuando los oyentes estaban suficientemente predispuestos, inició la venta de su producto milagroso: unos polvos en un sobre que, según él, había que tomar cada mes para “limpiar” los intestinos.

Muchos pasajeros se interesaron por el producto y le compraron varios sobres, aprovechando la oferta del día: “toma dos y paga uno”.

Se bajó en la siguiente ciudad con cara de haber cumplido con los deberes y se dirigió a otra estación de autobuses en busca de nuevas personas a las que engatusar con su labia. Nosotros seguimos avanzando por los contramuros del altiplano, que cada vez eran menores, hasta que el verdor y la eclosión de la vida selvática se apoderaron del paisaje. Los nubarrones se volvían más densos y amenazantes; los últimos muros del altiplano actuaban como una barrera natural, acumulando en aquel rincón —como en cualquier lugar protegido por un muro— una cantidad considerable de lluvia y, con ella, una diversidad exuberante de vida. El agua, ese bendito don de la existencia.

A Villa Tunari llegamos pasadas las tres de la tarde. Mi alojamiento se encontraba a las afueras. En Booking solo aparecían dos opciones, y yo opté por Cesar’s Tropical Hotel, que tenía piscina.

Bajé del autobús antes de llegar al centro, pero aun así tuve que caminar unos quinientos metros hasta el alojamiento.

Después de instalarme, tomé una mototaxi para llegar al centro, situado a un kilómetro y medio. Allí descubrí que había muchos más hoteles de los que aparecían en la aplicación. Villa Tunari estaba claramente orientada al turismo local. Su atractivo no residía en el pueblo —que no ofrecía gran cosa— sino en la naturaleza que lo rodeaba.

Pregunté en la estación de autobuses a qué hora salían los vehículos hacia Santa Cruz de la Sierra. Solo había uno por la tarde, y el viaje se hacía de noche. Finalmente, al día siguiente opté por viajar en furgoneta, cambiando hasta cinco veces de vehículo. Tuve suerte: no esperé más de cinco minutos en ninguna parada. Llegué al mediodía a Santa Cruz.


 
Plaza principal de Villa Tunari.


Después de indagar los horarios de transporte, me fui a uno de los restaurantes de la calle principal. Pedí una parrilla de sábalo y, justo en el momento en que me sentaba, cayó una gran tormenta que convirtió el pavimento de la carretera en pequeños riachuelos.

Cuando la lluvia torrencial cesó, salí a dar un pequeño paseo por la villa, que ofrecía poco más que su cercanía a la naturaleza.

Más tarde regresé a la habitación para descansar de cara al día siguiente. La espalda seguía quejándose y necesitaba darle un respiro.



Una último vehículo  para llegar a  Santa Cruz





Mujer con su loro esperando a tomar su vehículo



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