Amanecer en Addis Abeba
A las cuatro y media de la mañana... Las anchas avenidas de Addis Abeba a las cuatro y media de la mañana de 2007 eran, y aún deben serlo, mustios y oscuros viales en un universo sin estrellas vibrantes, como agujeros negros que absorbían toda alegría y dejaban solo la eterna oscuridad, la infinita oscuridad, donde esperanza y fe no estaban invitados al juego, escenario de las interpretaciones más lúgubres desde los tiempos inmemoriales que los hombres comenzaron la danza de la supervivencia, que existía por la gracia de las coordenadas del Universo, ni antes ni después, ahora; como si fuera un malévolo plan cuidadosamente orquestado que nos planto sin mucho miramiento, como cualquier organismo animado condenado a vivir. ¿Qué maravillosa vida es aquella para que nuestro corazón siga latiendo deba morir otros seres vivos? Si había un infierno, podía estar contento aquella madrugada y definitivamente abandonaría al joven Viajero Pesimista, ya que lo que me esperaba más allá del...