Una crónica nocturna en Bahar Dar

EXPLORADOR NOCTURNO


Ahora que no me emborracho como antes, 

Ahora que el mundo se muestra más calmado,

Ahora que amo sin tener la polla todo el día erecta,

Ahora que puedo escribir apaciblemente mis derrotas amorosas,

mis noches más lamentables ,mis noches más humanas,


las que, en verdad, me han hecho volar  y soñar como una majestuosa águila,

a este espíritu inestable,

las que han dado musicalidad a mis pocas victorias,.

las que han dado mis mejores noches  junto a mis mejores amantes.


Porque ¿ qué sentido tiene la vida sin derrotas?

Al fin y al cabo, las derrotas son el cauce que nos llevan al océano. 

Un océano desconocido,

que tal vez no quiera conocer nunca.

 

Desperté a causa de una fuerte cefalea y una necesidad imperante de beber algo para eliminar la sequedad de boca. Me encontraba tendido boca abajo en una cama extraña, con un culo plano y desnudo rozando mi cadera izquierda, una veinteañera subsahariana dormía intensamente en posición fetal, llevando solamente un sujetador de color ocre suave. Escudriñé su cuerpo con curiosidad por un instante antes de sentarme y darle la espalda mientras me agachaba para atar mis zapatillas. Al lado, en la amplia habitación, había otra cama con una chica durmiendo con un pijama con figuras infantiles, demasiado infantiles para la edad que debía tener: unos veinticinco años. Necesité de unos minutos para disipar la intensa niebla que cegaba mis recuerdos. Poco a poco fui recobrando los detalles de aquella velada y cómo había llegado allí. Era una habitación espaciosa e iluminada con un mobiliario elegante que indicaba que estaba en un hotel de categoría. Me vestí sigilosamente, sin hacer ruido para no despertarlas, recogiendo mis prendas que estaban diseminadas entre la cama y el baño interior que estaba a un metro y medio de a pie de cama. En aquel momento, mientras recogía mi prenda más íntima del lavamanos, me vino un flashback de unas horas antes en el mismo sitio. Y observé a mi compañera de cama bajándome el bóxer y lanzándolos a la blanquecina pila. No sé si fue por la resaca pero me causó rubor aquella escena. Antes de marchar, mire de soslayo de nuevo aquel culo esponjoso y chato, por última vez, como si fuera a ser él el que se despidiera de mí. 

En el umbral de recepción, me saludaba un espigado y mancebo botones con una sonrisa de complicidad y admiración. Complicidad, porque sabía dónde había pasado la noche y con quiénes; admiración, por lo que supuestamente había hecho. Lo que él no sabia era que de la imaginación a la realidad casi siempre había un largo trecho en esta vida, y que esa  no fue ni de lejos la mejor noche que pasé con una mujer. En otras circunstancias hubiera sido una de esas noches lamentables que uno no quiere recordar, y eso es lo que pensé al principio; pero mirándola en perspectiva fue una noche inolvidable. 

Cuando dejé atrás el lugar, me di cuenta de que no era realmente  un simple hotelucho, en condiciones normales jamás hubiera dormido allí, aunque mi piel fuera más clara que la de aquellas dos chicas etíopes; pero, en realidad, cuando años más tarde investigué en qué hotel había pasado la noche, me di cuenta que no era tan lujoso ni tenían tantas estrellas. Y es que todos los gatos son pardos de noche, y más, en aquella ocasión de recuerdos brumosos y de perjuicioso estado. El alojamiento resultó ser el "Rahnile Hotel", con tres estrellas, que recomendaría sin dudarlo por su excelente relación calidad precio. La noche no llega ni a los 40 euros.




Bahar Dar, al amanecer, me pareció más bella que de noche, paseaba por sus calles semivacías, la brisa matinal se convertían en mi mejor aliado para aliviar mi malestar; el exceso de alcohol de la noche anterior se manifestaba como una enfermedad. Una sensación de pensamientos agridulces recorría mis recuerdos, pese a que, en resumen, había sido una noche legendaria a la brisa del lago Tana. Eso sí, debo admitir que fue excesivamente desmesurada, pero una noche es una noche. ¿No?

Mientras caminaba hacia el centro de la ciudad, evocaba tenuemente cómo fue todo. Se inició en la coqueta y sencilla terraza del bar de mi hotel, con vistas al conmovedor lago Tana. Estaba tomando una cerveza al atardecer, después de visitar varias islas del lago donde albergan monasterios ortodoxos, transportándome en una tankwa,canoa fabricada manualmente con papiro, bambú y cuerdas, movida a remo por un silencioso etíope; recordando esos mágicos momentos cuando vi a dos chicas africanas sentadas en la mesa de enfrente disfrutando de unas cervezas, y me sonrieron cuando se cruzaron nuestras miradas. Se levantaron y preguntaron si  podían sentarse  conmigo. Por supuesto, no hay problema. Acepte encantado.  Hablamos y bebimos cervezas durante unas horas. Estaban estudiando periodismo y magistratura, eran de Addis Abeba pero se alojaban en un Hotel en Bahar Dar. Sus padres, según ellas, ocupaban puestos de relevancia en el Gobierno Estatal de aquel momento.




Cuando me preguntaron por mi oficio, les mentí descaradamente, y dio la casualidad, o no, que correspondía con la profesión que estudiaba la más guapa de las dos, pero que también era la más retraída, periodismo. Me invitaron a ir de fiesta con ellas. Y me sorprendí preguntando si en Bahar Dar había fiesta nocturna. Por supuesto, afirmaron, pero son locales pequeños con música, los pubs de toda la vida. Influenciado por el alcohol no me lo pensé dos veces, solo deseaba divertirme.

Una de ellas llamó a su taxista particular y nos llevó, por calles sin asfaltar, mal alumbradas y casas bajas, hacia el primer local, situado en la afueras de  aquella ciudad de más de trescientas almas. Al principio, me asaltaron pensamientos temerosos sobre la seguridad del lugar, pero rápido se esfumaron al ver gente en su interior disfrutando de la música con muy buen rollo. Aunque yo era el único blanco, no importó. Nos movimos de un local a otro cada dos horas, aproximadamente, bebiendo varios cubatas y bailando toda la noche, a pesar de que nunca tuve el ritmo en mis venas.

Disfrutamos y reímos, cada vez andaba peor, casi no podía mantenerme en pie. Y aunque mis ojos se posaron en la estudiante de periodismo acabó abalanzándose sobre mí la otra, quienes acabamos compartiendo algo más que los vasos de güisqui. No era guapa, pero no era la belleza lo que no me atraía, no estaba yo para elegir modelos, sino su carácter: autoritario y con falta de empatía, trataba a su compañera como si fuera su doncella. Aún así, en aquellos momentos me dio igual su belleza y carácter, era un animal desbocado y eufórico.

En ese instante, pareció acercarse la fantasmagórica imagen  del señor de los primeros tiempos, antes del primer nanosegundo universal, y creador de los instintos más primitivos de la naturaleza: El Tamborilero Ancestral, repicando con fuerza su tambor. Acabé invitándolo. Era la llamada de la danza de los cuerpos. La antigua ley de las especies en intentar permanecer una generación más en este extraño mundo. Mi pulsión sexual hervía como si estuviera a punto de estallar la caldera de Yellowstone. El Viajero Pesimista volvía a dejarse arrastrar por las cadenas del deseo.

A las cuatro de la mañana, salimos del último local cuando un grupo de chicos furiosos sostenían armas blancas en sus manos, intentando  entrar al local a buscar venganza, probablemente, por un estúpido incidente magnificado por aquellas criaturas alteradas. Los porteros trataban de persuadirlos para que se fueran. Yo los miraba de pie, balanceando mi cuerpo como un junco movido por la brisa, como si estuviera en una escena cinematográfica en un cine de verano al aire libre, donde el mayor peligro eran las picaduras de los mosquitos Estaba tan borracho que no temí  por mi integridad en ningún momento, la violencia no existía en mi mundo, todo era felicidad y paz.

Mi compañera me agarró del brazo y me introdujo en el taxi con fuerza, casi caigo al suelo, tropecé con un pedrusco. Así, desaparecimos de aquel lugar, de ambiente enrarecido y sin saber nunca el desenlace de aquella historia, ¿Qué hubiera pasado si entran aquellos jóvenes al interior del local en busca de venganza?  Seguramente lo mismo que en cualquier local nocturno del mundo donde se desata la violencia. La noche, acompañada de alcohol, siempre ha sido una de las mejores compañeras de la violencia, aunque ese episodio no podía ensombrecer el magnífico comportamiento de todos aquellos que compartieron locales en un momento dado de la noche.

Fuimos al hotel. La chica guapa se fue a dormir, mientras nosotros fuimos al comedor vacío para comer algo. Luego, nos fuimos a un rincón más reservado e intimo, amparados por la penumbra y la soledad, y retornemos las caricias, los besos y masajes más íntimos. Con nuestros cuerpos ya bullendo,  decidió que era hora de subir a la habitación, su compañera dormía en una de las dos camas disponibles.

Fuimos al baño, donde acabamos casi completamente desnudos ( ella, por alguna razón que no descubrí, no dejó que tocara ni besara  ni tan siquiera  viera sus pechos) mientras ella me hacía una felación. Luego, fuimos a la cama, ella se tumbó boca arriba espatarrada, inerte, esperando a que mi tributo masculino se uniera al suyo sin demasiado entusiasmo, aguardando que fuera rápido para quedar completamente dormida. Su embriaguez también era importante. Pero, al percibir ese sentimiento indiferente y acentuado por el alcohol, lo que rápido subió también bajó, perdí completamente la erección. Tampoco le importó mucho. Se giró y quedó completamente dormida, sonando La Quinta Sinfonía de Beethoven. Y sin importar mucho su ruda interpretación artística me quedé en el mismo trance, sin ser consciente de si yo le acompañaba, o no, en los coros.

Entré a un ciber para consultar la escasa información que había en aquellos momentos de Lalibela en las redes, mi próximo destino. Un mendigo me exhortó a darle una propina.¿ Por que no? Si la noche casi me había salido gratis. Le di unas monedas que alegraron su rostro, un rostro con ojos que parecían querer salir de sus concavidades. 



 

Y así fue cómo pasé la noche más alocada y desmadra en África, sin gastar casi ni un duro, permaneciendo mi cartera quieta en el bolsillo, solo me dejaron pagar aquellas ricachonas etíopes una ronda. Y, extrañamente, el recepcionista me previno cuando accedí al complejo hotelero sobre aquellas chicas. Me recomendó tener mucha precaución, que las evitara. Fue una advertencia que me extrañó por el comportamiento que tuvieron ellas conmigo durante las horas compartidas, pero estaba tan embotado que no podía pensar con claridad  aunque fuera cierto. No obstante, fueran o no lo fueran, ya no tenían tiempo a estafarme, si esa hubiera sido la pretensión última, porque mi destino ya estaba marcado, Lalibela me esperaba al día siguiente y no había despertado aquella chica sentimientos más profundos en mí.





                                                                                     




                                                                                        Invierno del 2007

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