Aquelarre en el altiplano

 


La Paz, febrero de 2026

Pensé equivocadamente que me aguardaban días felices en la mística ciudad paceña del altiplano andino, tras haber pasado una semana terrible en la calurosa urbe de las tierras bajas bolivianas. Los dolores de espinazo se habían atemperado gracias a las muchas horas de quietud en la cama de mi alojamiento y a los cortos paseos por el casco viejo de Santa Cruz de la Sierra. Así imaginé cómo me sentía, positivo ante la convalecencia, mientras el avión de BOA (Boliviana de Aviación) aterrizaba, procedente de Santa Cruz, en el aeropuerto internacional más alto del mundo: El Alto.

Recuerdo salir amedrentado de la terminal, apocado por la irreal atmósfera que me obligaba a ralentizar mis movimientos. La ciudad del Alto, edificada cuadra a cuadra a ladrillo visto — tal vez porque enyesar las fachadas encarecía el presupuesto o por tema de impuestos municipales— ya engullía las instalaciones aeroportuarias. Nunca ninguna tierra tan yerma habría imaginado ser poblada por un millón de personas. Y es que a pesar de las vilezas demostrada a lo largo de su peregrinaje como homo sapiens también había logrado virtuosas hazañas, gracias a su disposición a imaginar, a creer en sí mismo.

De hecho, El Alto, con mucha menos historia y tan poco tiempo de existencia, tenía mucha más población que La Paz. Resultaba extraordinariamente sorprendente que la vida humana pudiera prosperar en aquel infinito baldío de ininterrumpida desolación. Solo las cordilleras inaccesibles al ciudadano urbanita, con sus prominencias de abusivo tamaño, daban cierto grado visual de acogimiento, de menor sensación de inhóspito. En el horizonte desoxigenado puede contemplar el níveo monstruo Illimani. Una mole que se elevaba a los 6462 msnm.

Después de unas fotos en el aeropuerto más alto del mundo, tomé un taxi por 100 bolivianos. Una autovía descendía hasta la Paz, flanqueada , en algunos tramos, de eucaliptos y árboles coníferos que, como las personas de origen caucásico, no parecían armonizar con el altiplano. Eran como seres extraterrestres paseando por las ramblas de Barcelona. Alguien debió leer la extensa e influyente obra del biólogo francés Alcide d´Orbingy durante su periplo y trabajo de campo por Sudamérica entre 1826 al 1833, Viaje a la América Meridional, donde en unas de sus páginas, al describir zonas climáticas similares a Europa, recomendaba poblarlas con árboles autóctonos del Viejo Continente. Y eso hicieron.

Samuel Roque, mientras conducía hacia el hotel, me explicaba que era viudo y que había tenido que sacar a adelante a tres hijos, quienes habían logrado una preparación laboral gracias a sus licenciaturas. Y ahora disfrutaba de buenos trabajos. Hablaba , como todo buen padre, orgulloso de ellos, aunque estaba algo inquieto porque la menor quería irse a trabajar a Santa Cruz. "No sé preocupe, señor Samuel — le dije colocándole una mano en su hombro desde el asiento de atrás del taxi — solo está a una hora de vuelo."

También me contó una anécdota que le sucedió con un turista norteamericano que se olvidó la cartera con cuatro mil dólares en el coche. Él regresó al hotel y se la entregó. El extranjero, agradecido, le dio cien dólares y le ofreció un trabajo en Norteamérica, ya que era empresario. Pero por aquel entonces su mujer vivía y los niños eran muy pequeños, y, influenciado por ella, rechazó la oferta del sueño americano.

Mi alojamiento estaba ubicado en el centro, en la calle Linares. Las brujas, muy cerca de allí, debieron echarme un maleficio por las tempestades que me aguardaban y todavía desconocía. Samuel me dejó justo en la entrada de un pasaje cubierto que daba a un patio interior con varias tiendas de souvenir y , en la planta superior, un restaurante. Al fondo, otro soportal accedía al alojamiento York House (17 euros la noche).

Subí a la segunda planta y, en un pasillo exterior, abrí la puerta de madera y vidrio esmerilado. Me recibió una habitación amplia, con un ventanal orientado al patio interior, una cama de matrimonio y un baño pequeño sin escobilla. El último día, cuando la reservada y amable recepcionista me preguntó por mi estancia, le confesé que lo único que no me había gustado era, precisamente, la falta de escobilla. Y es que, aunque fueran mis propios desechos, no me agradaba ver mis restos en la porcelana vitrificada como si fueran una huella dactilar escatológica. De todas maneras, en aquel momento me sentía tan feliz que me parecieron cosas sin importancia, incluso el hecho de que el agua caliente estuviera restringida a ciertas horas. Iba a ser el mejor día de mi viaje, a pesar de mi virus zombiliano listo para asaltar mi descanso.

Me grabé haciendo un video para mi familia, sobre todo para mi siempre padecedora madre, para que estuviera tranquila. Por mucho que los años habían arrugado mi rostro y llevara muchos viajes a mis espaldas, ella no dejaba de imaginar los peores escenarios cuando estaba demasiados días sin dar señales de vida.

3647 msnm se encontraba mi hotel. Todavía no sabía el impacto que tendría sobre mí ese salto de 3000 metros de altitud en una hora. ¡No era Superman!



¿Bienvenidos? Que os jodan


El mismo ritual, la misma ansiedad, la necesidad urgente de explorar la nueva localidad. Dejé todo y bajé lentamente las escaleras del hotel. Salí a la calle a disfrutar de su ambiente algo extraño pero a la vez muy familiar, como toda Hispanoamérica. Aunque había lugares en el mundo muchos más exóticos y desbordantes de imágenes insólitas que animaban mi espíritu, La Paz no se quedaba atrás. Alguno influencer había dicho que le recordaba algo a la India. Creo que exageraba.

Las cholitas, con sus artísticas y amplias polleras y sus sombreros de copa redonda y ala corta —que bien podrían esconder trucos de prestidigitadores en su interior, en aquel mundo cristiano y de la Pachamama— se veían por todas partes, orgullosas de un movimiento que una vez fue denostado. Ahora tenían prestigio social. ¡Las vueltas que da la vida!

Una extranjera quiso inmortalizar a una de ellas en un puesto callejero, pero se negaban: no les gustaba salir retratadas. Siendo consciente de ello, robé furtivamente la imagen de una, faltando al respeto a su decisión. La tentación pudo más que la consideración. Me aferré al refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Para ella, nadie le había tomado una foto.



En la plaza Mayor de San Francisco de La Paz.

Lo primero que hice fue comer en un restaurante ubicado en la calle Sagárnaga, en la confluencia con la Calle Linares, cubierta por multitud de paraguas multicolores. El propietario me saludó simpáticamente, chocando su puño cerrado con el mío, como si fuéramos colegas de toda la vida. La Paz tenía un poder mayor de atracción para el turismo — pese a no ser muy masificado — y eso ya se notaba un poco más en los comercios, trastocando costumbres.

Los días posteriores comí en restaurantes próximos, sin alejarme demasiado, porque mi cuerpo, inadaptado a la altura, no estaba en condiciones de explorar. Aunque no estaba en el mejor momento para saborear la gastronomía paceña, la sensación fue positiva, incluso muy buena.


Calle Linares


La calle Sagárnaga estaba repleta de puestecitos de cambio, donde cambiaban euros, dólares, soles y otras divisas. El cambio solía rondar los 10 bolivianos por euro, un poquito más malo que en Santa Cruz de la Sierra.

Esta calle desembocaba en la plaza Mayor de San Francisco, una espaciosa y amplia plaza de varios desniveles unidas por escalinatas, junto a la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Ángeles. Su masiva torre, con la fachada labrada en piedra ,daba un aspecto imponente al lugar, mientras las palomas sobrevolaban el espacio aéreo, descansaban en la repisa del antiguo monumento o picoteaban en el suelo gracia a algún generoso viandante.



La plaza San Francisco


Durante los tres días que permanecí en la ciudad, solía bajar hasta aquí y sentarme en las escalinatas a ver pasar a la gente, en su mayoría de rasgos indígenas. Al menos podía disfrutar un rato del paisaje casi místico de la ciudad, que tal vez la falta de oxigeno lo hacía parecer más fantasioso.

Aquel primer día, a pesar de notar el peso de la altura en mi cuerpo, me propuse llegar a la aislada calle Jaén, unas cuadras más arriba de la plaza San Francisco.

Se situaba misteriosamente encajada entre calles más anchas. Era como si hubieran arrancado del casco viejo de una ciudad española una calle empedrada y la hubieran reconstruido en La Paz, como ocurrió con el Templo de Debod en el parque del Retiro de Madrid o con la Puerta de Ishtar de Babilonia en Berlín. Pero no, no era robada, sino construida por los propios paceños. Tenía su encanto, su misterio y sus leyendas, que me habría gustado escuchar de alguno de los jóvenes que realizaban tours por la mítica calle, pero el mal de altura iba a condicionar mi estancia.



Calle Jaén


Prometía La Paz generar oxitocina en mis neuronas cerebrales cuando me acosté aquella noche en el maldito caldero de brujas. Un aquelarre que me despertó a las dos horas con millares de alfileres afilados penetrando en mi cerebro, regodeándose en una intensa cefalalgia que interrumpía mi descanso. Otra vez el dolor, como estandarte de este viaje, se manifestaba sin compasión, sin importarle los días pasados de convalecencia. Las náuseas, la pérdida de apetito y una pesadez de párpados que adormecían mi cuerpo sin poder refugiarme en los sueños, solo a ratos, a pequeñas treguas que me daba el soroche.

No tuve más remedio que buscar opciones para escapar de ese infierno llamado mal de altura. No quería estar seis días así, sin hacer nada, perpetuando un mal estar que solo pedía una salida de escape a tierras más bajas. Barajé varias posibilidades de escape por tierra, pero todas eran absurdamente comprometedoras para mi vulnerable espalda. Salir por tierra, además de exigir ascender puertos de 4700 msnm que rodean La Paz, implicaba muchas horas en autobús para llegar a las tierras bajas. La única escepción era la vía Coroico, pero está vía de escape me haría viajar por carreteras de la selva amazónica en plena época de lluvias , una opción peligrosa si quería llegar a tiempo para coger el avión en Santa Cruz. Así que compré un billete de avión para Cochabamba, ubicada a 2558 msnm, suficiente para darle una patada en el culo al soroche.

Los dos días siguientes se convirtieron en una pesada cuenta atrás para escapar. Otra vez muchas horas en la habitación, masticando hoja de coca para intentar aliviar los síntomas, y lo único que conseguían aquellas hojas era provocarme arcadas. Menuda mierda de sabor tenían. Prefería el malestar antes que imitar el movimiento lateral de los herbívoros al masticar hierbas. Metérmela por la nariz me había dado más alegrías, aunque solo hubiera sido una vez en mi vida, en un concierto de La Polla Records en Alguaire, Lleida, cuando tenía 17 años. Quedaba claro que ya no quería verla de ninguna forma posible, salvo crecer silvestre en el campo.

Por fin llegó el día de abandonar La Paz. Tenía tres horas antes de que despegara mi avión desde El Alto.

El taxista de Uber llegó en cinco minutos, pero salir del casco viejo nos llevó una hora y media. Una interminable cola que amenazaba con hacerme perder el vuelo. Perderlo era lo que menos me aterraba; lo que realmente me aterraba era quedarme más tiempo en La Paz, y sobre todo en El Alto, a más de 4.000 metros de altitud. Necesitaba alejarme de ese infierno urbanita en que se había convertido aquel valle.

El taxista tomó calles alternativas, con pendientes que desafiaban la ley de la gravedad, para llegar a El Alto. Era la única manera de llegar a tiempo. Me contó que una vez tuvo que dar la vuelta por un desprendimiento de tierra. ¡Solo faltaba eso! Dar la media vuelta. Mientras subíamos, veía las cabinas del teleférico avanzar sobre nuestras cabezas, unas cabinas en las que me habría gustado montar.

Llegamos a El Alto y cruzamos varias calles. No me parecieron peligrosas, y el taxista confirmó mis sospechas: había seguridad y, durante el día, tomando las precauciones habituales, no eran zonas peligrosas. También había hoteles, me dijo. Claro, justo lo que estaba pensando: alojarme en un hotel a 4.050 msnm. Eso mismo estaba pensando, me dije con ironía mientras atravesábamos las calles flanqueadas de edificios de ladrillo visto. Al fin apareció el aeropuerto, de repente, como un edificio más de la ciudad. Hubo una época en que estaba solitario, en tierras de nadie, pero eso había cambiado por completo. Supongo que no tardarán en trasladarlo a un lugar más inhóspito o al menos menos habitado, a diez o veinte kilómetros de El Alto. La planicie era inmensa; así me lo pareció desde el cielo, desde la ventanilla del avión.

Bajé del taxi y pasé los controles de seguridad. Solo quedaba una hora para airearme en los cielos prístinos del altiplano boliviano. Una hora más y dejaría atrás esa pesadez que se aferraba a mí.

Y al fin volábamos rumbo a Cochabamba. Aunque aún no estaba bien, sabía que era cuestión de horas para volver a sentirme dueño de mí mismo.



Huyendo de La Paz



Aeropuerto del Alto. El más alto del mundo en una metrópolis.





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