Blanco & yoruba

       Tarragona, 15 de marzo de 2026


Ahora  que escribo aquí, en busca de recuerdos; sentado delante de mi viejo ordenador de sobremesa, bajo el cálido sol del invierno mediterráneo, me acuerdo irremediablemente de su piel africana. No sé si a causa de estos días bienhechores, después de las  plomizas y grises jornadas antecedidas. Lo cierto, que me ha venido la fragancia de su piel y los recuerdos imborrables de su ser mientras tomaba una infusión de manzanilla.

Han surgido, desde una neblina evaporante, las cientos de noches en que nuestros cuerpos desnudos danzaron caóticamente en la penumbra de la fragilidad y en la  tempestad de los deseos, ingobernables ante la insatisfacción y sumisos ante la satisfacción. Las incomprensiones y los silencios de su naturaleza que, poco a poco, fueron desapareciendo y llenando esas oquedades vacías de inseguridades con nuestras palabras, palabras que iban construyendo nuestra historia convergente, derrumbando las fortificaciones turbadas por los temores de experiencias pasadas.

¡Qué hermosos fueron aquellos años junto a ti! A pesar de que sabía de la vulnerabilidad de los vínculos emocionales, dado que aprendí, desde muy joven, que los miedos más interiorizados del ser humano nunca mueren, solo hibernan... Y cuando despiertan, vuelven con más intensidad y crueldad que antes. Y en las relaciones, en los paréntesis de la novedad íntima, en el ardor...  la razón es un paria. Todo se convierte en un  delicado y hermoso puente empedrado cubierto de una alfombra ceremonial que llega a todos los lugares, laminando toda vicisitud psicológica durante un tiempo, sorteando con éxito las  torrenteras, la maleza y las veredas abruptas que acaben por hacer trizas la ilusión, el anhelo, la necesidad del otro. 

Rememoro como ayer — como si de una aventura se tratara— y cómo, habiendo hablado solo dos veces por WhatsApp ,recorrí trescientos kilómetros sin apenas conocerla, por no decir que me aventuraba a un universo desconocido, sabiendo que tal vez nadie se presentara en aquel invierno gélido y oscuro del 2017  a la cita. Pero, ¿por qué habría de presentarse una mujer ante un loco desconocido que se lanzaba a un fracaso casi seguro? Sin embargo, me daba igual, mi espíritu viajero necesitaba de emociones, después de varios años sedentarios— , en esa ciudad del norte de España.

¡Y vaya que te presentaste! En la plaza del pueblo, acompañado de su hijo de tres años — por cierto, un encanto de chaval: dicharachero, alegre y bondadoso —, sorprendida de que apareciera tal como había escrito en el último mensaje el día anterior. Esto no era un encuentro esperado ni deseado por mucho tiempo, aquí no habíamos construido nada. Solo era un encuentro fortuito de a ver qué pasa, una extraña simbiosis cultural, una indiferente curiosidad de presencia, una necesidad de salir del tedio, de la monotonía, en una apuesta  poco arriesgada que solo podía perder las horas de conducción y la gasolina consumida.

La primera vez que la vi, la vi resplandeciente, con unos ojos que radiaban una mirada esperanzadora, ante la luz de neón que proyectaba hacia ella una de las farolas sujetas a los muros medievales del casco viejo, con un niño que no paraba de preguntar con su manita agarrada a la suya. Lo dejó en la casa de una amiga y fuimos a cenar.

De camino, atravesando un espacioso parque repleto de abetos y pinos, tan altos como mi moral aquella noche; entre risas y  conversaciones frívolas, me dio un manotazo en mis posaderas. Me dejó patitieso ante esa inesperada reacción tan tempranera que a mí ni se me pasó por la cabeza hacer con ella, a pesar de tener el culo mejor esculpido que había visto en mi vida: pequeño y respingón, perfectas nalgas para perderse una eternidad en ellas. Y es que todavía, al escribir este recuerdo, me entran escalofríos de puro placer el solo pensarlo.

Cenamos en un restaurante con luz tenue, ella comía un estofado y yo una trucha, chispeando nuestras mentes con el vino tinto de la mesa que rápidamente iba alterando nuestras conciencias para bien. Nos tomamos dos botellas. La cita, inesperadamente, estaba yendo mejor de lo previsto, o eso creía yo,receptiva como estaba ella en seguir la noche en los recovecos musicales de la ciudad norteña. 

    ¿Cómo no iba a recordarla hoy, en un cálido sol de invierno? Si en el primer recoveco musical ,antes de consumirnos el primer cubata, estaba copulando ficticiamente conmigo. Su bailes no eran sensuales, eran provocativamente copulatorios. A nadie en mi existencia había visto bailar con ese ardor, dejando al hombre como el amante de una viuda negra.

En ese momento me vi como única víctima de aquella noche, que iba cada vez tomando una forma más sensualmente fantasmagórica, surgida de las pesadillas más tortuosas de un hombre que no era un semental y se enfrentaba a la diosa del amor. Esa mujer me iba a destrozar si no cumplía sus expectativas, me iba a asesinar. Me temblaban las piernas, estaba tan asustado que desee que me dejara allí tirado cuando acabara la función. Me fui al oscuro lavabo a llorar, quería ser Harry Potter, quería ser un rata,escabullirme por el estrecho agujero del wáter, . Bebía, ya no para divertirme, sino para no pensar.

Mientras tanto, los hombres del local, de cada local,me miraban de reojo, envidiosos por no ser yo, por no poder disfrutar de aquella mujer africana que se movía con un intrépida energía ante los ritos de paso,de la adoración a los Orisha de la fecundación y la fertilidad. La yoruba estaba en un trance incontenible, en algún lugar inhóspito del África más profunda y temida.

Las manecillas del reloj acabaron inapelablemente con el espectáculo de luces de neón y sonidos estridentes para entrar en un nuevo escenario; un escenario del cual quería huir, alejarme. Aquí me di cuenta de lo complicado que era diversificar la naturaleza del hombre sin degradarla y lo tabú que seguía siendo para la mayoría. ¡Tanta ofuscación me oprimía! Me hubiera encantado decirle: «Lo siento, pero yo no soy lo que buscas. Yo no soy un excelente y poderoso amante», sin ese incongruente sentimiento de culpabilidad.

No me dejó marchar en busca de un hotel o dormir en el asiento trasero de mi coche. Entrábamos en el escenario nuevo. Insistió en que fuera a su casa. Al final accedí, temeroso, ante tan predecible y salvaje ritual. Entramos en un antiguo y amplio portal que confundí con las puertas del averno. Su piso estaba en la primera planta. Abrimos sin hacer ruido, dado que vivía con ella una chica dominicana que debía de estar durmiendo plácidamente.

Me parece que debo hacer mención en estas líneas —sin desvelar todos los secretos que guardan las alcobas de los amantes— que nada fue lo que pareció horas antes. Así podré proseguir este relato teñido de dramatismo sin que nuestro lector acabe prediciendo el final.

Y yo, que no era un taumaturgo pero me sentí como tal, le dije que ya dormiría en el sofá, pudiendo mimetizarlo perfectamente con un acto de caballerosidad para dejar mi ego impoluto. Pero ella me dijo que no: que dormiría con ella, que su cama era amplia. Entré en la habitación tambaleándome, intimidado por aquella mujer. Me desprendí de mi ropa, quedándome en calzoncillos, y me metí entre las sábanas en un incómodo boca arriba.

Ella se fue al armario y se desnudó completamente ante mis ojos, inyectados de un deseo constreñido por los temores. Se tumbó a mi lado, mirando en dirección contraria, y se quedó completamente dormida. ¡Diantres!

Respiré tranquilo y la borrachera me envolvió en el mismo profundo mundo donde las filmaciones debían de ser muy diferentes... o tal vez no. Realmente nunca lo supe. Ya lo dijo alguien: nada es lo que parece en la naturaleza humana.

Aprendimos, por fortuna, a amarnos días más tarde, cuando los muros fueron cayendo y la familiaridad liberaba las impresiones fraudulentas. Aprendí que no era aquella viuda negra devoradora de hombres, sino que era mujer y, como toda mujer, tenía sus debilidades y fragilidades. Tras ese caparazón africano escondía la realidad; una realidad que me acabó ofreciendo como un tesoro y que acepté conmovido.

Igualmente, le abrí los herméticos portones de mi alma y me desnudé dos veces ante ella: física y espiritualmente. Pocas veces se desnudaba completamente ante un amante el alma; ese era un proceso mucho más complicado que rozar los cuerpos.

Nuestra historia convergió durante unos años, y a lo largo de ese tiempo compartí mi vida con una mujer noble y generosa.

Sus intenciones nunca fueron aviesas conmigo. Aquella chica silenciosa, de verbosidad limitada, que era capaz de conjugar miles de verbos acompañados de adverbios y adjetivos cuando estábamos juntos, me ofreció el regalo más importante que puede ofrecer cualquier ser humano: momentos de felicidad.


                                       


Foto tomada en un viaje a Francia.


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