Capítulo XI: Crónicas de un viaje a los Balcanes (Serbia)
Novi Pazar, 09 de octubre de 2023
"Los seres humanos ,pese a hallarnos inmersos en la más inmensa soledad como entes individuales, estamos al mismo tiempo unidos por la memoria colectiva".
Sí, me parecía extraña aquella frase que leí por internet, pero me di cuenta, reflexionando en el banco del parque, con el agradable sol de octubre, mientras esperaba el autobús de las 15:40 en Novo Varós, que esas palabras, hilvanadas para transmitir ese mensaje, esclarecían la individualidad humana, la cual no podía entenderse sin el grupo, sin la Tierra y sin el Universo. Por mucho que me alejara del mundo, solo sería una ilusión mientras respirase, mientras pensase, mientras comiese y bebiese, es decir, un mera creencia más.¿ Realmente había algo único y genuino en mi naturaleza?¿Era auténtico o solo el resultado de una compleja ecuación que se volvería a repetir cíclicamente si las coordenadas volvían a coincidir? La realidad era que profundizar en la existencia cada vez resultaba más abrumador y desmotivador. Por lo tanto, no era insólito que las creencias, por muy absurdas e infantiles que fueran, terminaran siendo intrínsecas en la naturaleza del hombre, las ganadoras a pesar de que la cordura indicara todo lo contrario. Engañados vivimos mejor, pensé; o, al menos, es lo que ampliamente parece dominar en el mundo de las ideas.
Las horas transcurrían en el mismo espacio, ¿o no? Porque si el universo se expandía, el espacio se movía con el tiempo. Y yo, en definitiva, no estaba en el mismo lugar, a pesar de que mis sentidos dijeran que sí. Los sentidos estaban atrapados en esa "nave" cuyo movimiento no podíamos apreciar. Incluso las ideas necesitaban percibir el movimiento, de ese movimiento que sí podíamos notar y sentir. La alucinación estática las languidecía, las acababa asesinando. ¿ en qué mundo vivía? Donde todo aparentaba ser una simulación creada por ordenador. Me sentía el resultado de una ecuación.
Aquella mañana filosófica finalmente se evaporó, igual que el capuchino (130DRS) que me estaba tomando en una terraza cercana a la estación de autobuses. Porque nada dura para siempre, para volver al pragmatismo del viajero. El niño cíngaro que mendigaba por las mesas me despertó del ensimismamiento, me devolvió a la realidad más cercana, que, por ser ilusoria, no dejaba de ser dolorosa. Le di una propina y me dirigí a la vieja terminal de autobuses, bajo la fea marquesina de hormigón con cinco andenes, esperando que llegara mi vehículo, a pesar que todavía quedaba más de una hora.
En aquel entonces, habían dos trayectos diarios a Novi Pazar, sendos con parada en Sjenisa ( base para ir a los mejores miradores del Uvac Cañón): a las 15:40 y a las 19:20. A las 10:30, ya había comprado el billete a Novi Pazar en la taquilla (700 DRS).

A las 15:40 h, nuestro autobús salió puntual . Un rato después, pasamos por un gran vertedero que ocupaba y ampliaba toda una ladera de una montaña. En su superficie plana, como si fuera un bancal, varios pájaros oportunistas, entre ellos un buitre Leonardo que sobresalía por su tamaño, rebuscaban comida entre los residuos. Aquel paisaje violentaba mi espíritu ecológico, maltrataba la vida a la vista de todos, no hacían ni el esfuerzo de esconderlo. Supongo que cuando algo se vuelve familiar, deja de ser noticia, nos volvemos indiferentes. Y eso lo que debía sentir los acostumbrados serbios que solían recorrer aquella carretera.
Hicimos una parada de diez minutos en la anodina estación de Sjenica. En el interior de la terminal encontré un pequeño bar y baños que cobraban 30DRS por utilizarlos. Los usuarios dejaban el dinero en una cestita repleta de billetes. Algunos pasajeros se salieron de la estación para comprar algunas golosinas en un colmado cercano.
Observé, por primera vez en mi viaje, unos cíngaros sentados en el pescante de un carro tirado por caballos, como si hubiera retrocedido en el tiempo un siglo. Para ellos, el tiempo transcurría de manera diferente, vivían dos sociedades en el mismo espacio pero en diferentes dimensiones. El sur de Serbia era mucho más atrasado que el norte. Asimismo, la región estaba repleta de vacas blancas con manchas marrones, pastando sosegadamente en las fincas, ajenas al folclore humano. Daban la sensación de ser mucho más transparentes y razonables, a pesar de sus limitaciones intelectuales.
El anaranjado ocaso había sucumbido a la oscuridad cuando llegamos a Novi Pazar. Una ciudad de cincuenta mil habitantes, en su mayoría musulmanes. Aunque era difícil distinguir a primera vista quién era musulmán y quién ortodoxo, ya que la apariencia física era muy similar, solo se diferenciaban por sus creencias.
Las calles estaban animadas. Se percibía como una ciudad moderna y limpia. Según Google Maps, mi alojamiento se encontraba a un kilómetro. Así que aproveché para ir caminando mientras contemplaba por primera vez la localidad. Me encantaban los primeras sensaciones que producían en mí el contacto con una nueva ciudad desconocida.
Unas estrechas escaleras conducían a una amplia recepción, repleta de butacas aterciopeladas. Sin embargo, era un lugar sombrío, con tan solo el tenue resplandor de varios cirios sobre el mostrador y la luz de las farolas que se filtraban por la acristalada fachada. No había nadie tras el mostrador ni en la sala. En esas circunstancias, uno esperaba ser recibido por un rostro pálido con consanguinidad vampiresca. Al final, después de quince minutos, llamé al teléfono que ponía en la reserva. El amable y dicharachero recepcionista entró desde la calle a los diez minutos. Se disculpó por el entorno tenebroso, escenario perfecto para filmar una película de terror. Llevaban una hora sin luz, la compañía eléctrica estaba intentando reparar la avería en la subestación eléctrica. Llamó de nuevo, delante de mí, para que viera que era cierto.
El alojamiento se llamaba Prenociste DMS y me costó 17 euros la noche.
Dejé el equipaje y volví al centro de la ciudad para buscar un sitio donde cenar. Encontré en la calle peatonal un elegante restaurante llamado Doha, que me prepararon un sabrosísimo pescado. Al ser una ciudad predominantemente musulmana, en muchos sitios no servían alcohol. Me llamó la atención que Novi Pazar era mucho más tradicional que las localidades de Prizren, en Kosovo, y Tirana, donde el alcohol estaba disponible en la mayoría de locales. Era como si el sentimiento de pertenencia a la comunidad musulmana estuviera amenazado en Serbia y la única manera de mantenerlo vivo fuera arraigándose a la tradiciones más atávicas. Me costó la cena 870 DRS, incluida la bebida y el café.
Di un breve paseo por la ciudad, pero al llevar puesto una camisa de manga corta no lo prolongué mucho. La temperatura había descendido lo suficiente como para sentirme incómodo, por no decir abiertamente que estaba pasando frio.
Cuando llegué al hotel seguía a oscuras. Mientras tanto, hasta que volviera la luz, mantuve una conversación con el recepcionista, quien trato de persuadirme, a través de fotos de otras excursiones en el móvil, para que fuera con él a ver los espectaculares miradores de los cerrados y largos meandros de Uvac Cañón. No habría sido una mala idea sin en lugar de detenerme en Novo Varós lo hubiera hecho dos días antes aquí; pero tenía ya otros planes en la cabeza, definitivamente había abandonado la idea de visitarlos, y cuando eso ocurría no solía trastocar mis proyectos. Por cierto, no pregunté el precio, pero creo que hubiera sido justo, sin necesidad de un duro regateo. Finalmente, a los quince minutos, vino la luz, y pude contemplar la habitación, una habitación limpia y con el baño más bonito de todas mis pernoctaciones en Serbia. Las últimas horas las pasé relajado en la habitación, preparando la visita del día siguiente. Hasta que se desconectó la simulación durante unas horas.
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