Tributo a una extraña noche
Un anochecer tórrido, una mente abatida por el cansancio y una dipsomanía inusual resquebrajaron todo idealismo, lo absorbió el sucio inodoro la segunda vez que fui al baño y tiré de la cadena. No era un día festivo. Las calles estaban desérticas, no invitaban a descarriarse demasiado por ellas. Hombres con ojos acuosos, ya castigados por el alcohol y una vida sin esperanzas, despertaba yo la última esperanza para ellos cuando me los cruzara. Sin embargo, ninguno se atrevió a invadir mi espacio y apropiarse del continente más valioso para un viajero. Mi falsa seguridad tal vez fue suficiente o quizás sus rostros inexpresivos y duros no fueran tan fieros como reflejaban a través de la tenue luz de las farolas. Así que, uno que no era tan valiente y no era de los que disfrutaba tentando a la suerte, entré en el primer garito que vi abierto. Necesitaba urgentemente ahogar en cerveza la melancolía que surgía en un momento dado en todo viaje. Al abrir una de las hojas...