Una vuelta por la Pobla de Ferrán
Pobla de Ferran, 09 de marzo de 2026
A los pies de los altiplanos de la plataforma segarrenca encontré el desvió que conducía a Forès. Tomé aquel cruce de recovecos estrechos y un tímido bosque donde los depredadores perdieron la batalla con los seres humanos hace siglos, en busca de una pedanía de Passanant, proscrita en los anales de la historia humana, situada a doce kilómetros de distancia desde allí.
Estrenaba mi moto MH 125 Tray y aproveché la excusa del viaje para que máquina y hombre comenzaramos a fundirnos en una simbiosis perfecta; mientras me acercaba, por las carreteras comarcales de la Conca de Bàrbera ( Tarragona), no sin cierta inquietud y culpabilidad, culpabilidad por , tal vez, una morbosidad disimulada que no quería admitir.
Llegué a la calle principal de Passanant, rodeado de campos de cultivo. Las lluvias que precedieron teñían los campos de colores verdosos impropio de aquellas altitudes. Antes de llegar a las últimas casas, un cartel con el topónimo Pobla de Ferran señalaba a un camino asfaltado. Lo tomé y circulé a lo largo, tal vez, de un kilómetro, dejando a mi derecha el cementerio.
Y allí, en un perpetuo silencio empeñado en no recordar una de las mayores masacres de la península ibérica, apareció la pedanía de la Pobla de Ferran.
Aparqué frente a la única torre que aún da testimonio de que, en aquella colina, hubo alguna vez un castillo. Y recorrí el pueblo, reducido a una sola calle que no debía alcanzar los cien metros.
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La única torre que queda del antiguo castillo y mi moto. |
No sé si era el día desangelado y plúmbeo, o el reciente libro leído de María Carme Poblet ,Els crims de la Pobla de Ferran, o quizá ambas cosas tal vez, pero solo imaginarme las terribles escenas que tuvieron lugar allí, en la mañana del 19 de mayo de 1928, me revolvía el ánimo. Sentía un profundo vacío, como si al recordar aquellos hechos me convirtiera, de algún modo, en cómplice involuntario de los crímenes de Josep Marimón Carles.
Me lo imaginé tumbado en su jergón, en el zaguán oscuro de su casa, y sentí una extraña sensación ambivalente de pena y odio que me atravesó sin pedir permiso. En aquel instante de introspección, el monstruo dejó de solo ser solo eso, es decir, un monstruo. Se reveló también como víctima, porque hasta aquella trágica mañana eso había sido. Pero la ira, o quizá la locura, acabaron por eclipsar la razón. Perdió todo rastro de cordura y sentido, y cabalgó aquella mañana por años de resentimiento acumulado, haciéndoselo pagar a los más inocentes, a quienes ven el futuro como una aventura luminosa, llena de esperanzas y sueños. Esas mismas esperanzas y sueños que la enfermedad le había arrebatado sin piedad.
Según cuentan, Josep Marimón, el segundo de cinco hijos, fue diagnosticado a los dieciocho años por el médico de Passanant y la Pobla de Ferran con una enfermedad rara que le provocaba unos dolores insoportables de espalda. Aun así ,fue llamado al servicio militar en Barcelona.
Tras cuatro meses de estar en el ejército, los dolores se intensificaron hasta volverse insoportables. El médico del cuartel le diagnosticó tuberculosis en la espalda. Lo declararon inútil y lo mandaron para casa con la crudeza habitual de aquellos tiempos, en los que la sensibilidad era un lujo escaso, y menos entre militares.
Finalmente, un médico de Reus le puso nombre definitivo a su tormento: Espondilitis tuberculosa. Después de varios tratamientos fallidos — la cura no llegaría hasta los años cincuenta — Josep se resignó a vivir con una chepa causada por la enfermedad y con fuertes dolores que le impedían trabajar en el campo. A ello se sumaba la incomprensión de algunos vecinos, que lo consideraban un mandrós, un holgazán que pasaba demasiadas horas tumbados en su jergón mientras ellos se dejaban la vida entre llaura i cops de falç.
Y , por si todo aquello fuera poco, se le sumaba el desprecio de Marina, la muchacha de la que parecía haberse enamorado, y cuyos rechazos dolorosos y humillantes añadía una herida más a un cuerpo ya marcado por el dolor.
Y aunque todo aquel pesar, por si solo, no puede justificar lo que hizo —ni pretendo entrar en los detalles morbosos de la masacre— lo cierto es aquella mañana del 19 de mayo de 1928 , Josep Marimón , envilecido por las cargas del sufrimiento corporal y mental, con el alma ennegrecida por años de dolor, asesinó con una hacha y una escopeta a diez personas. La mayoría de ellas no llegaba a los doce años en una población que apenas superaba los cuarenta habitantes.
La única calle del pueblo fue el escenario principal y trágico de los sucesos, junto a dos pajares cercanos que marcarían para siempre la historia de la Pobla de Ferran.
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Calle principal de la Pobla de Ferrán |
Estuvo diez días huido. Algunos aseguraron que ya había cruzado la frontera francesa, otros que lo habían visto en Torredembarra. Sin embargo, la realidad era que estaba mucho más cerca, demasiado cerca, tan cerca como que estaba escondido en los campos cercanos a la colina. Se dice incluso que pudo contemplar, oculto entre hierbas, el multitudinario entierro que se hizo al día siguiente en el cementerio por las víctimas. El eco de la tragedia traspasó las fronteras nacionales y periodistas de todos partes acudieron para cubrir aquel suceso que helaba la sangre.
En mayo, el campo suele estar en su momento máximo de esplendor: muy verde y lleno de vida. Y las plantas eran la suficientemente altas para esconderse. Entre ellas lo descubrieron. Y le dispararon. Según el relato oficial, porque iba a tomar la escopeta para dispararles.
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Defora (campo) próximo a la Pobla de Ferrán |
Y aunque el dolor de espalda que arrastraba yo, desde hacía meses ,no debió ni ser un aperitivo del de Marimón, ni en mi cénit; es cierto que sentí agriarse, por momentos, mi carácter , lo que me ayudó a comprender por lo que debió pasar aquel chaval. Pero contaba con las ventajas de la edad: yo ya había cumplidos sueños y habitaba un nicho ecológico mucho más amable. Y me pregunté, dado que creía que era mi deber, como ser humano que quería entender el funcionamiento del universo, averiguar si en la misma situación o en otra parecida, con los mismos condicionantes, podría haber cometido esos execrables crímenes. Pero no encontré respuesta o no quise encontrarla, mi ego esquivó esa vereda espinosa. Además, era firme creyente del determinismo, que en el mundo fenomenológico de nuestras existencias, los pensamientos eran esclavos de un cuerpo — una pieza de puzle— que encajaba perfectamente en el universo —el puzle completo—. Todo movimiento parecía moverse al unísono, el problema que nosotros éramos incapaces de ver el movimiento completo porque formábamos parte de él.
Desde que ocurrió aquel trágico suceso, la población fue despoblándose. Los primeros en marcharse fueron los familiares de Josep Marimón, quienes también fueron víctimas del 18 de mayo. Entre los vecinos, con la herida que dejan unos sucesos de este tipo, era inevitable que culparan indirectamente a los padres —sobre todo a la madre— por haber consentido tanto al hijo o por no haberlo visto venir. El médico de la población, al parecer, se interpuso en la defensa de la familia varias veces con un razonamiento inapelable: “Yo, siendo médico, tampoco lo vi venir". Sin embargo, infructuosamente no sirvió de mucho, acabaron lógicamente marchando, como hubiera hecho cualquier persona abatida por la tragedia.
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Cementerio de Passanant y Pobla de Ferrán |
Mientras divagaba por la única y estrecha calle, observé con el rabillo del ojo — pues por un instante me sentí como un ladrón que no quería ser sorprendido in fraganti — un coche estacionado en una amplia bocacalle de cortísimo tramo, junto a una casa en la que la llama de la vida aún no se había extinguido. En ese momento, totalmente afectado por la narrativa, me estremeció tan solo la idea de vivir allí, no porque creyera en otra vida, sino por una especie de luto . Aunque ,la verdad, después me pareció un sentimiento demasiado exagerado, habiendo pasado casi un siglo. ¿Cuántos sucesos trágicos habrán ocurrido en lugares que he pernoctado o vivido y que no han quedado documentados o se han perdido para siempre?
Me alejé de aquel anodino pueblo rápidamente, no pude estar más de quince minutos allí. No me sentía a gusto. Eso sí, hice una parada en el cementerio para intentar ver alguna cosa: las lápidas de las víctimas y leer algún epitafio. Pero fue en vano; solían estar cerrados y, aquella vez, la suerte no me acompañó.
Eché un vistazo a los campos, intentando imaginar desde dónde pudo ver Marimón el sepelio. Y me pregunté, mientras un gélida ráfaga golpeaba fantasmagóricamente mi rostro: ¿Qué pensaría en aquel momento?¿ Se arrepentiría de lo que había hecho?
Así marché, con mi 125, reflexionando sobre aquellos acontecimientos, alejándome de un lugar cuya historia conocía desde hacia tiempo y por el que había pasado en otras ocasiones con mi bicicleta de carretera, atravesando Passanant, sin haber querido nunca desviarme un kilómetro para visitarlo.




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