Martillitos y hoces en Vientiane


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                                     ¡Vaya "martillazo" tengo hoy!

El 25 de marzo de 2006, accedí a Laos desde Tailandia, acompañado de un granjero yanqui con el cual hice buenas migas, Tom. Durante quince días viajé por el  país asiático de Indochina, conociendo algunas hermosas ciudades, entre ellas: Luang Prabang, Vientiane o Vang Vieng.

A Tom lo conocí en la recepción de una pensión de Tailandia, cerca de la frontera de Laos. Él se ofreció a compartir su habitación, que tenía dos camas individuales, cuando ya estaba resignado a marchar a buscar otro alojamiento debido que este estaba completo. Al principio, ambos éramos  cautelosos con nuestras pertenencias, aunque enseguida percibí en él unos ojos que no transmitían desconfianza. Mi intuición siempre fue muy buena, probablemente, desarrollada como respuesta infantil a un entorno familiar complicado.

En el balcón donde nos alojamos en la capital -compartí alojamiento con él durante una semana para ahorrar gastos hasta que nuestros caminos se separaron -, aún colgaba de un pequeño mástil una bandera roja  con el martillito y la hoz dorados en una esquina de la misma, símbolo de la Unión Soviética, esperando ser ondeada de nuevo por los vientos leninistas. Daba la sensación de ser una hoja de flor marchita excluida del nuevo sol ideológico del comunismo. Resultaba extraño, esos malabarismos para mantener el poder. A pesar de que  oficialmente se llamaba República Democrática Popular Lao, el Partido Popular Revolucionario era el único partido legal en el país.

Probablemente, la capital, Vientiane, sea la ciudad más significativa de los países que he visitado a lo largo de estos veinte años. En aquel entonces, percibí un aire de ingenuidad entre sus habitantes que nunca antes lo había visto en una comunidad. Eran como niños, contentos de las décadas de apertura de su gobierno, relajando sus políticas y otorgando más libertad a la ciudadanía. El mundo occidental  y las tradiciones ancestrales se desplegaban ante ellos como algo sorprendente y adictivo, un camino más real para tener momentos de felicidad. Ya no debían vestir todos iguales ni vivir en una existencia en blanco y negro. El arco iris había aparecido ante ellos como un fenómeno mágico, casi divino. La música estaba por todas partes, incluso habían altavoces públicos que alegraban los paseos. Todavía se veían bicicletas, pero su uso estaba claramente en retroceso. La China comunista posterior a 1991 parecía el espejo de las pequeñines naciones en el que los países huérfanos de papa URSS podían mirarse, el ejemplo a seguir.

El poder comunista no cambió nomenclaturas ni principios, incluso temiendo las revoluciones que se avecinaban ante la fragilidad de sus autoritarios gobiernos. Estas previsibles revoluciones podrían haber hecho temblar los cimientos donde se aposentaban sus privilegios y derrumbarse como un castillo de naipes. Optaron, para salvar sus culos lampiños y sus ariscas miradas de ir siempre estreñidos, por ser pragmáticos y transformar el comunismo en una ideología camaleónica. Sin duda, China fue la gran beneficiaria del declive del comunismo tradicional, avanzando hacia el estatus de potencia mundial gracias a integrar en sus engranajes sociales el capitalismo. No obstante, los derechos humanos no parecen haber tenido la misma evolución interna en el vasto país; lo cual no puede ser una buena noticia para el mundo, mientras continúen en el mando siempre los mismos, el previsible liderazgo geopolítico chino.

Y no, no estoy defendiendo a EEUU con el anterior párrafo, ya que sus políticas internacionales siempre han primado descaradamente sus intereses nacionales y han mostrado poco interés en los derechos humanos cuando la opinión pública y más crítica estadounidense no han estado tras sus nucas soplándolos. Sin embargo, eso mismo, es lo que ha diferenciado a los norteamericanos de otros imperios, que gracias a que sus ciudadanos disfrutan de una mayor libertad,  que en China o Rusia, por poner dos ejemplos, hemos podido conocer barbaridades  o cuando han traspasado la línea roja en sus intervenciones. Siempre habido un  sector muy crítico estadounidenses contra los gobiernos de turno, que ha sido muy complicado silenciarlos. ¿Dónde está esa parte de la sociedad en China? ¿Qué hacen con ellos? 

Europa también tenía su parte de responsabilidad en la construcción de este Estado, al deslocalizar empresas y permitir que China se convirtiera en la fábrica del mundo. Esto ocurrió sin prestar la debida atención a los derechos laborables de los trabajadores orientales. Lo importante era que esta práctica abarataba los productos y los occidentales viviéramos mejor de lo que habíamos soñado hasta entonces, gracias, en parte, a esto; mientras que los explotados laborales quedaban a miles de kilómetros de distancia de nosotros, en línea con el dicho: " ojos que no ven, corazón que no siente". Y tanto la clase obrera europea como la norteamericana hemos participado, y participamos, en ello, porque hoy en día no podemos alegar ignorancia. 

El mundo sería un lugar más hermoso y justo si aquellos que sostienen a los poderosos lo hicieran con un poco más de conciencia y fueran más justos en el día a día, pero dado que tampoco lo son, nos encontramos en una situación de difícil resolución. Como demostró el comunismo al otorgar el poder absoluto al proletariado; oprimido, desde que el hombre abandonó la vida nómada, por las egoístas y estúpidas elites que creían que su posición privilegiada nada tenían que ver los de abajo. Y es que un Rey sin súbditos simplemente no existiría y, tal vez, ni podría sobrevivir. 

Ya. Lo sé. Lo que ha dado una bandera, cuando mi intención era compartir algunas experiencias  de mis días en Vientiane y no una acalorada diatriba, no meterme en política. Les prometo, que si vuelvo a escribir de Laos, centrarme en el viaje. Y dejarme de martillitos y hoces. Aunque, sinceramente, creo que no puedo prometer nada, porque me encanta enredarme a pesar de que me meta en un laberinto sin salida. 




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