Del aeropuerto de Tánger a Chefchaouen
n aquellas primeras horas de un nuevo día, la tranquilidad impregnaba el norte de África, invitándome a ser lo suficientemente autónomo como para no depender de los servicios de un taxi en el pequeño y obsoleto aeropuerto de Tánger. Y lo que menos me apetecía era subir en uno. El transporte que menos me gusta utilizar es, sin lugar a ninguna duda, el taxi;, si puedo evitarlos, lo hago siempre, y más, en puntos estratégicamente turísticos. Además, la sensación de estar encapsulado en una "burbuja" ,me transmitía la idea de que me perdía una parte de la esencia de viajar que, en mi opinión, esta experiencia está intrínsicamente ligada a los transportes públicos, donde uno se mezcla con el día a día de las personas, su cultura y una manera de interactuar mucho más natural. En este contexto, sin prevalecer el poder gravitatorio que ejerce la fuerza económica del turismo, la cual distorsiona la verdadera realidad, en definitiva, me sentía más viajero y menos turista, a pesar de que también tuviera de la segunda.
Hay momentos que he experimentado, en mis jornadas viajeras, al visitar un ciudad o población altamente turística que sentía estar en una nueva área del parque temático de Port Aventura en lugar de estar en un enclave real e histórico. Un ejemplo de esto es Carcassone, que aún así, bajo el influjo de ese imán distorsionador del turismo, sigue siendo merecedora de una visita, aunque haya perdido parte de su pureza para el Viajero Pesimista, un nostálgico empedernido de los primeros mochileros que se enfrentaban al mundo de manera cruda, sin sucedáneos ni la protección poderosa de la revolución turística.
Dejé atrás la fachada ocre de la Terminal, bajo la tímida persuasión de algún taxista por requerir de sus servicios. Avancé paralelo a la autovía del aeropuerto, siguiendo mi camino hasta el cruce que había leído en algún foro, donde las furgonetas colectivas dirección al centro de Tánger solían detenerse. Fue un paseo de dos kilómetros, sin el fulgor del verano en mi nuca; en ese momento, las temperaturas eran agradables. Nadie molestó al tío de la mochila de treinta kilos a cuestas mientras caminaba por una acera, bordeando la autovía y pasando junto a un polígono industrial que no parecía tener mucha actividad.
- Excuse me, guy, where is the bus stop to center city?- le dije con un acento horroroso a un chico apoyado en el poster de una farola con aire desinteresado, como si no pudiera mantener su verticalidad por propia voluntad.
-Ici,ici.. Monsieur!- Respondió en un francés que no era mucho mejor que mi inglés, pero lo importante era que ambos podíamos entendernos.
Fue él quien me sacó de mis cavilaciones y me advirtió que el vehículo que se aproximaba era el mío. Levanté el brazo para que se detuviera y entré por la parte trasera al interior del vehículo, que estaba abarrotados de marroquíes.
La primera impresión visual de Tánger evocaba una ciudad de reminiscencias gloriosas, como un eco del pasado que deseaba volver a subir el volumen, una profunda adormidera que ansiaba ser besada por el príncipe azul del progreso que despierta de ese lapso desgarrador y amargo de los sueños profundos, propios de los que se producen en las almas desesperadas y muy desfavorecidas.
No logramos entendernos, quien se encargaba de cobrar el billete y yo. Nuestras lenguas eran infranqueablemente insalvables, y su intuición se habría frustrado al rezar tanto hacia la Meca. Así que desistí y acepté resignadamente que me dejara en cualquier rincón desconocido de la ciudad.
En una calle de cuyo nombre desconocí para el restos de mis días mortales, bajamos todos. Y con la necesidad imperante de tomar una bebida caliente me acerqué a un puesto callejero de bebidas donde me tomé un explosivo té sobrecargado de glucosa. Rico estaban los puñeteros tés marroquíes, pero no debía ser demasiado bueno tan azucarado para el cuerpo.
Fui descendiendo, en busca de la estación de autobuses, mientras le preguntaba a los viandantes que me cruzaba por su ubicación. Cada uno de ellos me señalaba una dirección diferente, así que consultaba a alguien cada pocos pasos que recorría para asegurarme que el anterior no me había dado una dirección incorrecta. Nunca antes en mi vida había tenido que hacer la misma pregunta tantas veces en un tramo tan pequeño de recorrido. Al fin y al cabo, la estación distaba unos dos kilómetros. Gracias al afilado minarete de la mezquita Siria que estaba al lado de la terminal, pude los últimos quinientos metros orientarme sin dificultad .Me resultaba asombroso lo complicado que les resultaba a algunas personas simplemente decir: ¡No lo sé! En vez de complicarme la vida.
Una explanada polvorienta precedía a la estación por el área que la abordé. Era chiquita y destartalada con un patio interior curioso. En esas horas el movimiento de personas era considerable; aunque, sinceramente, me pareció insignificante el trasiego y la pequeña terminal para una ciudad como Tánger con una población de un millón de habitantes. Asimismo, necesitaba urgentemente un lavado de cara, su aspecto daba la impresión de que no había sido restaurada desde la época en que el transporte se realizaba en diligencias ,por lo menos.
-Where are you going? - preguntó un acelerado chico que rozaba lo demencial.
-To Chefchauen, my friend.- respondí animado.
Me guió hasta un rincón del patio interior, donde se encontraba ubicadas todas las ventanillas de venta de billetes. El mostrador exterior estaba completamente ocupado por fardos de billetes y tickets. Los vendedores, rompiendo con la lógica, no se encontraban detrás del cristal, sino delante. Compré un billete y salí fuera a localizar mi andén. Tuve que preguntar porque la señalética era inexistente, afortunadamente había tan pocos andenes que tampoco hubiera supuesto un gran quebradero de cabeza. Mientras esperaba, comí algo de bollería.
Me alegre al ver llegar mi autobús, con una aspecto más acorde a los tiempos actuales; pero esa alegría se desvanecería al arrancar el vehículo y recorrer los primeros kilómetros. El aire acondicionado no funcionaba y no había ventanas, solo cristales. Así que lo que parecía que iba a ser un cómodo y agradable viaje se convirtió en una sauna infernal. En una fundición de hierro se debía estar más fresco.
Me llamó la atención la autovía de Tánger a Tetuán, estaba completamente limpia e impecable, los taludes que bordeaban el arcén magníficamente cuidados, y en sus flancos banderas flamantes del estado marroquí ondeando por el viento. Llevándonos a los patriotismos europeos más recalcitrantes y oscuros del viejo continente. Intentado reafirma algo que todo el mundo con algo de cultura sabía: estábamos en Marruecos. El tiempo del Protectorado español, su realeza, se desvaneció hace mucho, y pocos son los jóvenes que ya conocen esa historia de su país y muchos menos, si hay algún trasnochado, que la reclame para sí (su nación). Se cree el ladrón que todos son de su condición.
No obstante, esa autopista tenía un mantenimiento tan eficiente debido a que era uno de los tramos más utilizados por el monarca alauita. Todos los lugares frecuentados por este hombre eran mantenidos con cuidadosa atención. En estas tierras, todavía mantenían la anacrónica costumbre de recibir al rey con una "alfombra roja".
Dejamos a mano izquierda Tetuán, que quedó en la infinita distancia, y la autovía cedió paso a una carretera comarcal, estrecha y sinuosa, que progresivamente iba ganando altitud. El entorno, definitivamente, se transformó más agreste y las viviendas se volvieron en refugios humildes. En ocasiones, veía en los laterales de la carretera a campesinos con fardos amarillentos, protegiéndose del inclemente sol con sombreros de paja de ala ancha. Era un lugar donde los árboles escaseaban y los chamizos salpicaban el terreno. Sin embargo,los más desfavorecidos eran los asnos, obligados a permanecer durante horas en el mismo sitio atados a una estaca y sin contar con ninguna sombra protectora, como si ellos fueran seres insensibles, seres tan lejanos genéticamente de nosotros.
Finalmente, el tortuoso viaje en la caldera motorizada estaba a punto de acabar cuando vi los primeros edificios de Chefchauen, encastrada en una vertiente de las montañas del Rif en forma de herradura. Bajé del autobús, a pie de montaña, tenía que ascender varios kilómetros para llegar a la famosa medina azul.
En una de las callejones perpendiculares de la insulsa zona nueva ,un grupo de adolescentes estaban envueltos en el inicio de una pelea. El más fortachón, que parecía el matón del pueblo, empujaba de manera intimidante a uno de los chavales más frágiles físicamente del grupo. La situación cada vez se caldeaba más, hasta que aparecieron cuatro adultos y pararon lo que estaba a punto de convertirse en un torrente de golpes.
No creí que la disputa tuviera nada que ver con el amor por una chica; sino, más bien, por cualquier estupidez relacionada o ligada con el ego masculino, la frustración o esa necesidad juvenil de liberar la carga de testosterona.
Mientras continuaba mi ascenso sufriente, pensé qué espinoso debería ser los primeros escarceos sexuales, sobre todo, con el sexo opuesto para aquellos jóvenes y más, claro está, para el sexo femenino. La absurda coerción, probablemente, condujera a los más libidinosos, en el mejor de los casos, a relaciones homosexuales siendo heterosexuales, y en los peores, a violar animales o mujeres.
Cedí, después de varios intentos infructuosos por encontrar el hotel que había reservado. Permití a que me guiara un desdentado e insistente marroquí por las callejuelas azuladas de la medina. Y, esta vez sí, llegamos al Hotel Antonio. Le di la propina que esperaba y accedí al establecimiento.
Me atendió un repelente y excesivamente servicial anfitrión, hablando un excelente español y un catalán aceptable. El interior estaba muy recargado. Las plantas superiores se accedían por una estrecha escalera de caracol que podrían poner en aprietos a personas excesivamente obesas. El sitio estaba limpio.
Me dediqué al atardecer, después de una merecida siesta, a explorar el encantador casco antiguo. Según lo que había leído, aquí hubo una gran cantidad de descendientes de los moriscos que fueron expulsados del Califato de Granada en 1942 por los Reyes Católicos. Incluso en este lugar, existió una importante comunidad de judíos sefardíes hasta que gradualmente la abandonaron, hasta quedar a mediados del siglo XX el testimonio de su paso en el legado material. Una de las anécdotas más curiosas sobre los sefardíes fue cuando un contingente español llegó y ocupó, a principios del siglo XX, la localidad. La sorpresa fue grande al oír hablar en un extraño español, después de siglos de aislamiento, eran los sefardíes que, a pesar de haber sido expulsados, mantuvieron la lengua a lo largo de las generaciones.
También me sorprendió ver las placas de las calles de la medina en árabe y español. La segunda, siendo una lengua no enraizada en aquella localidad y que ya nadie tenía como lengua materna, a pesar de que había personas que lo hablaban bastante bien. Investigando por Internet, descubrí que la junta de Andalucía derivó 600,000 euros para la pavimentación y arreglos de los espacios públicos, según un artículo del ABC de la edición del 21 de agosto del 2010, aunque no decía nada de las placas. Sin embargo, a pesar de la buena voluntad de la junta, no le veía ninguna lógica ese cártel bilingüe, que parecía más una injerencia cultural que un acto de buena voluntad.
Cené cuscús con verduras a las nueve de la noche en uno de los restaurantes del centro que estaba plagado de extranjeros. Esto era otro ejemplo de la expansión que mencioné en los primeros párrafos de esta entrada, similar a lo que muchas poblaciones en el mundo han experimentado debido al auge del turismo. Y aunque todos tenemos derechos de ser turistas, esos movimientos, inevitablemente transforman el paisaje, perdiendo uno de los grandes atractivos por los que se vieron atraídos los primeros viajeros: la singularidad idiosincrática de los territorios.
Antes de ir a dormir, en la sobria azotea del hotel pero con una hermosa panorámica, estuve charlando con una pareja de australianos: el hombre era delgado y con un aspecto envidiable para la edad y el oficio que tenía, constructor. Habían tomado unos meses sabáticos para conocer en profundidad Marruecos y visitar a familiares en Suiza. Luego se unió una chica oriental a nuestra conversación que se atrevió a hablar en castellano con dificultad, comentándome que era una enamorada de España y que conocía muchos sitios del territorio. A pesar de no ser muy atractiva, tenía un encanto que emanaba deseo. Y esa noche, en mis sueños, por supuesto, soñé con escenas oníricas en esas tierras lejanas, con ella, que quedarían para siempre enterradas en mi memoria como un bonito recuerdo
Y así, llegué un día cualquiera a Chefchaouen.


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