De cuando planté la semilla de la aventura

olví a ver, en una jornada festiva, uno de aquellos lugares enigmáticos de mi infancia, después de décadas perdido en las profundidades de mi conciencia, deslumbraba con un resplandor que nunca antes había visto. A decir verdad, yo solo la conocí durante su etapa decadente y moribunda, nada hacía presagiar, en aquel tiempo, que algún día renacería, tendría una segunda oportunidad. Asimismo, los solares de maleza de los alrededores  que en otra época debieron ser tierras de cultivo, por la presencia de restos de edificaciones y algunas albercas que todavía sobrevivían, habían dejado paso a naves industriales y comerciales.¡ Qué poco queda de aquellas imágenes infantiles! Ni tan siquiera la fábrica era tan grande como recordaba en mi imaginación. 

No logré llegar a mi destino en la hora establecida en aquel matutino día festivo. Me vi obligado a parar mi coche a la pobre sombra que arrojaba uno de los jovencísimos árboles que habían sido recientemente trasplantados a ese polígono, porque así lo demandaba mi curtido corazón, una fuerza irracional que drogaba a la razón. Bajé del coche y me planté delante de la rejuvenecida fábrica, que ya no inspiraba la imaginación de los niños aventureros. Recordaba las ocasiones que me sentí como el personaje principal de la novela más célebre de Mark Twain estando allí: Tom Sawyer . Era nuestro particular parque de atracciones.

Y como si estuviera reproduciendo una película antigua, viaje al pasado, reviviendo aquellos días de desbordante imaginación y de un mundo en el que lo sobrenatural aún perduraba.

En aquel entonces, recuerdo los días  soporíferos en las aulas, que parecían no tener fin, anhelando con ahínco los fines de semana. Una inquietud insoportable que iba en aumento a medida que el viernes por la tarde se aproximaba. En esos momentos, distantes del mundo de los adultos que nunca capturó mi interés, nos alejábamos de ellos, pensando que nos encontrábamos en el parque jugando con otros niños,  donde nosotros no solíamos sentirnos cómodos, sobre todo, cuando aparecían los pequeños matones con los que siempre debíamos lidiar.

Siempre, después de comer, subía corriendo las escaleras que unían el rellano de la cuarta planta con la quinta, nunca me daba tiempo a tocar el timbre, José Manuel aparecía mucho más excitado que yo. Luego, unos segundos más tarde, bajaba más tranquilo Emilio, el tercer componente de las primeras expediciones. Más tarde, se añadiría mi hermana, Ana Belén, y una chica más del barrio que no recuerdo su nombre.

Éramos hijos del proletariado, procedentes de todas las coordenadas de España. Catalanes, andaluces, extremeños, maños y algunos gallegos conformaban las unidades familiares de aquel grupo de amigos. Éramos niños acostumbrados a tener lo justo, no pertenecíamos  a la clase de niños que sus padres podían brindarles unos fantásticos fines de semana de diversión y viajes. Sin embargo, como afortunados discípulos de Tom Sawyer, considerábamos nuestro destino como el más esplendido entre todos los posibles. La Divina Providencia, creía que estaba de nuestro lado. Sobre todo, en los días que nos convertíamos en exploradores.

Dejados en manos de nuestro sino, iniciábamos la excursión  para  explorar nuestros alrededores, que nos resultaban más lejanos que las pirámides de Keops para mí hoy. Previamente, debíamos superar un gran escollo, una vía rebosante de vehículos en movimiento que circulaban a velocidades que hoy en día se considerarían delictivas. Al principio, cruzábamos por el  mismo pavimento donde rodaban los vehículos, hasta que descubrimos una canalización para desaguar que pasaba por debajo. El único inconveniente que teníamos que arrastrarnos , ya que no nos podíamos poner ni de rodillas, el diámetro era demasiado pequeño, sobre los 60 centímetros; pero esto  agregaba un ingrediente más para hacernos sentir aventureros con once o doce años , que era la edad que debíamos tener.

Siempre era el primero en cruzarlo, reptando como una culebrilla, en una penumbra que se acentuaba a medio camino. ¿Nos estará esperando una de esas enormes ratas de cloaca que había visto en alguna ocasión pulular por alguna acera y que tanto nos intimidaba? Me preguntaba, mientras iba avanzando poco a poco metros. Sin embargo, nunca aparecieron esas pobres bestias proscritas del reino animal por el hombre. Al escribir esto, me venía a la mente la reflexión de Nietzsche sobre la moral, quien afirmaba que tenía mucho de estética. ¿Acaso se equivocaba?

Tan solo nos quedaba un kilómetro por una tierra baldía, repleta de residuos humanos y algunas albercas, que me recordaba lo imbécil que fui  con un cariñoso perro vagabundo que una vez nos acompañó alegremente. En aquel tiempo,  era más fácil ver perros abandonados por sus dueños, sobreviviendo en la calle. Agradecidos por su compañía no se nos ocurrió una mejor idea que bajarlo, o mejor dicho, encerrarlo en una alberca  durante unos cuantos días, llevándole comida diariamente, hasta que , por fin, a alguno de nosotros, que lamentablemente no fui yo,  conectó con la masa gris que albergamos en la cabeza y se pidió ayuda a uno de los padres para que auxiliara al animal y lo liberara de la prisión y la soledad que debió vivir allí. No me imagino lo que hubiera sucedido si esos días le hubiera dado por llover fuertemente.

Enseguida divisábamos su silueta alargada y abovedada en el horizonte cercano. Me imaginaba grandes letreros de neón reclamando nuestra atención: " Soy vuestro Tibidabo. ¡Chicos, vengan y disfruten del Sahara de los beduinos y las aventuras! Soy vuestro parque de atracciones, y es gratuito".  

Acelerábamos el paso hasta que se convertía en una carrera por llegar el primero; la vieja cementera nos esperaba, enferma y abandonada, anhelando compañía humana, y qué mejor que la alegría de unos niños para soñar con un futuro mejor. ¿Acaso fuimos nosotros quienes te salvamos? Le pregunté en silencio, mientras la veía más viva que nunca bajo la exigua sombra del joven árbol.  

Entrábamos normalmente por el apeadero del tren, siguiendo la vía en desuso, ya que esa ramificación terminaba en la nave. El andén estaba ocupado por arena depositada por un silo cercano en mal estado. Dejábamos nuestras pequeñas huellas de los pies en el suelo, testificando nuestro paso por la antigua fábrica.

Un día exploramos los antiguos vestuarios, repletos de taquillas semiabiertas y algunas forzadas, todavía cerradas. En su interior conservaban fotos de revistas de los ochenta, con mujeres desnudas de senos prominentes y pubis silvestres, que conseguían permanecer espléndidas ante la decadencia del papel y la curiosidad infantil que empezaba a sentir los primeros cosquilleos. Aunque no tenía, al menos yo, aún la necesidad apremiante de satisfacerlo en la soledad de mi habitación. No había despertado totalmente la pulsión sexual.

Otras veces, ya menos complacientes, nos dedicábamos a lanzar piedras como seres enajenados contra  los vidrios que jalonaban las antiguas oficinas ubicadas en la parte central de la nave. Su interior había sido saqueado hacía mucho tiempo por el estado  en que se encontraba. Tan solo quedaba el mobiliario que no podría tener una segunda vida, como sillas cojas o mesas destartaladas, junto a papeles amontonados sobre cualquier lugar, acumulando polvo. Dada la sensación de que los  trabajadores abandonaron bruscamente sus trabajos para no volver nunca jamás.  

No obstante, como en cualquier parque de atracciones, tenía su atracción estrella, la más apasionante y que más adrenalina proporcionaba  a nuestros cuerpecitos. Desde el polvoriento suelo, podíamos ver una pasarela colgante que recorría casi toda la longitud de la nave, con tablas de madera. Lo que no sabíamos era que muchas de esas planchas estaban en un estado de descomposición, carcomidas. Un día buscamos el acceso para caminar de punta a punta del puente colgante. Por supuesto, lo encontramos. Y , como siempre, inicié en  primera posición la marcha hasta que varios tablones se partieron al no soportar mi peso, quedando suspendido a una distancia de diez metros del suelo. Por fortuna, con  la ayuda de los tablones de al lado y los cables tensados pude salir con facilidad de allí, a pesar de que el susto no me lo quitaría nadie.

La última vez que fuimos, salió un vigilante de seguridad detrás de nosotros. Nos asustamos tanto que no volvimos más por allí. El hombre blandía la porra en la carrera, a una distancia suficientemente lejana para que no nos atrapara.

Pensando en todos los buenos momentos que me dio la vieja nave, mientras miraba su nuevo época dorada, me alegre que permaneciera todavía en pie.  Llevaba más de dos horas ensimismado ante el flujo placentero de los recuerdos, ofrecidos por aquella construcción. 

Cuando miré el reloj del móvil, me di cuenta que se me había pasado la hora; tenía una cita con una chica con la cual era la segunda vez que íbamos a salir juntos. Y aunque no era tan bella como las de las portadas, bien merecía un mejor trato. ¿Cómo le explicaba yo que me había quedado embobado en unos recuerdos frente a una cementera?¿Qué tiene de romántico una cementera ? La realidad era que aquella chica no había despertado mi interés, y la fábrica fue la escusa perfecta para "olvidarme" de la cita. Seguramente yo tampoco desperté en ella ninguna atracción, ya que no me volvió a llamar y yo tampoco lo intenté. 

Y me alejé a una calita, a pensar, mientras oía el golpear de las espumosas olas en la roca. Sin hacer nada. 

La vieja fábrica la he vuelto a ver varias veces más, a ella, nunca más. Se esfumó, fue una estrella fugaz , de la cual no recuerdo su nombre ni su rostro. Un encuentro de desconocidos, eternamente desconocidos.









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