La hija más tradicional

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                               ERZURUM,LA HIJA MÁS TRADICIONAL


Dependiendo del territorio geopolítico en el que me encontrara, con mi mochila a cuestas, me daba la sensación que algunas mujeres llevaban una existencia tortuosa de resignación debido a su fuerte pulsión sexual. Algunas de ellas, ante la frustración, a buscar en la prostitución una manera de satisfacer sus deseos más íntimos e incluso, más común, como una manera de escapar de la pobreza. Mientras, paradójicamente, a los hombres más ardientes podían permitirse aventuras sin arriesgar su reputación. En estas sociedades, las apariencias cobraban mayor importancia si cabe. 

Los seres humanos siempre estamos interpretando, pero hay interpretaciones lejanas a nuestras esencia y otras más cercanas a nuestros yoes reales. Y en estas sociedades parecían estar poseídas totalmente. Difícil de reconocer quién había detras del actor.

Podrían parecer sociedades idílicas en teoría, donde el núcleo familiar era la base de la felicidad y la estabilidad emocional. Sin embargo, desde mi perspectiva influenciado por la cultura occidental, observaba  sonreír menos a los adultos, donde los hombres parecían ir más perdidos, donde la alegría era algo propio de la infancia. Los veía caminar por las calles con cierto aire  de solemnidad y autosuficiencia, mientras a las mujeres las  veía dando pasos sumisos como perros dóciles, ocupadas en proteger a los niños que estaban volcados en explorar el nuevo mundo que aparecía ante ellos. La excesiva seriedad de los adultos que recordaba de mi infancia y que se asemejaba a estas sociedades, me parecía una seriedad enfermiza que les hacía aparentar veinte años más. Vivir con personas que detesta u odias no puede  ser saludable para el alma humana. Algo debe cambiar para siempre, y no necesariamente para mejor, cuando te encuentras encarcelado  y te ves obligado a convivir en la misma jaula con personas que ya no sientes nada, a menos que seas tú el carcelero. Pero también existen hombres y mujeres en sociedades más libres que aceptan ser "encarcelados" en nombre del amor, aunque personalmente pienso que lo hacen más en nombre del temor.

Y quiero dejar claro que quien suscribe estas palabras no defiende el libertinaje, pero sí la libertad individual, mucho más relevante que lo que pueda pensar yo al respecto, pero, eso sí, siempre sin olvidarnos de nuestros deberes. Soy un punk reconvertido. Se nota. ¿no?

Erzurum, la ciudad oriental más importante de la península de Anatolia, era también una de las más arraigadas a las tradiciones conservadoras del país, Estambul quedaba demasiado lejos. Era una ciudad  que se había quedado anclada antes del octubre de 1923, en la época del Imperio Otomano. Era como si no supieran que el Sultán ya no dirigía sus destinos desde hacia un siglo.




¡Pobres las Catherine Millet que en la ruleta de los nacimientos hayan nacido aquí! Autora de la vida sexual C.M. Los retortijones de apetitos sexuales insatisfechos que habrán tenido que soportar contra su voluntad, satisfaciéndolos algunas veces en la clandestinidad con un temeroso miedo a ser pilladas in fraganti. O reprimiéndose directamente. 

Igual que al cura zamorano que conocí allá por el 2000, que dormía en bancos de madera y mantenía su mente ocupada todo el día para resistir la tentación. ¡Qué coraje y honesto era con sus ideas aquel hombre! Admiraba su actitud en relación a sus convicciones. Aunque parezca absurdo o contraproducente para algunos, él había elegido "libremente" ese camino, similar a aquellos que eligen escalar una montaña vertical sin arneses.

Reflexionaba, apoyado en las almenas defensivas de la ciudad, con los cañones silenciosos como testigos mudos de mi presencia, disfrutando de una buena panorámica. En una urbanización de casas bajas, donde había algunos solares vacíos, llamó  mi atención uno en particular. En ese solar había una chabola  construida de madera y tejado de plásticos negros. En el mismo solar, una mujer vestía un niqad oscuro que parecía esperar a alguien. En aquellas primeras horas de la tarde, las calles seguían vacías. ¿Qué esperaba? Si no había ni un alma, o eso creía. Sin embargo, pronto obtuve respuesta. Apareció  de la nada, andando un rechoncho anciano que accedió al solar con diligencia, como si estuviera cometiendo un acto ilícito Intercambiaron algunas palabras que solo pude interpretar  más tarde a la luz de lo que sucedió. Y, seguidamente, accedió con la mujer al interior de la chabola, un lugar que debía ser tremendamente insalubre para practicar sexo. Hay que reconocer que también me sorprendió la aparente fogosidad del anciano, llegar a esas edades con la misma energía que en la juventud, me parecía más un castigo que un don divino, cuando el cuerpo ya no acompaña y dejas de ser deseo de nadie (atracción sexual, me refiero, no se enfaden, que tan solo son palabras).




No estaban las calles tan ausentes como creí, cuando vi cuatro adolescentes aparecer con no muy buenas intenciones. Cargados de munición. Comenzaron a lanzar piedras sobre la chabola, de donde salió el viejo turco abrochándose el pantalón maldiciendo a los gamberros y blandiendo el cinturón corriendo infructuosamente detrás de ellos. Le habían jodido la eyaculación.




Y en ese instante,, antes de que volviera a cubrir su rostro, alcance a ver por un momento el rostro de una mujer con un pelo lacio y negro. Mucho más joven, mucho más pobre que él. Que resignada se sentó a esperar al siguiente cliente. Allí, en aquel solar polvoriento. ¿ Sería su vivienda?¿Qué historia había detrás de aquella mujer? Me pregunté desde mi atalaya más allá del bien y el mal. Me hubiera gustado bajar y preguntarle, saber; pero también me hubiera gustado preguntar al anciano cómo lograba mantener su virilidad en tan buena forma.

Me alejé  de aquel lugar como aquel viajero que no quiere juzgar, pero que ya lo hecho. 




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