Crónica de un día en Tetuán
Explorando la antigua ciudad española.
Julio 2018
Volví a desandar los pasos, o, mejor dicho, sobre las huellas de los
neumáticos del día anterior hasta Tetuán, procedente de la azulada y pintoresca
medina de Chefchauen, que atraía ingente cantidad de turistas. Antes de coger
asiento en el setplace a mi nuevo destino, decidí acceder a una de las
panaderías cercanas a la parada de taxis compartidos, en cuyos expositores los
antófilos, atraídos por los endulzados productos, se mantenían en suspensión
aleteando sus alitas, recordándome a los colibrís. ¡Oh, si hubieran estado ahí
los colibrís a buen seguro que no estaríais vosotros allí tan pasmosos! Los
camareros no prestaban atención ni les daban importancia; costumbre, por
cierto, muy habitual en el reino marroquí. Era mejor no pensar ni mirar, y
saborear el dulce, sentando en el pequeño comedor, mirando al exterior tras la
cristalera. Y mirando el despejado día, ya presagiaba otra jornada de
tribulación meteorológica a las brasas incandescentes de la atmosfera.
El río Martil, situado al noreste de la estación de autobuses de Tetuán,
fluía alejado de la ciudad, como si sus pobladores primigenios, embrujados por
una locura colectiva, lo hubieran proscrito a la soledad. Resultaba misterioso
verlo pasar solitario en el fondo de la vaguada, aunque no alcanzara a comprenderlo
tenía que haber una razón práctica en ello, cuando la mayoría de ríos no suelen
vadear las ciudades, sino atravesarlas. ¿Tal vez una criminal riada al
principio de los tiempos de Tetuán hizo a sus pobladores temerosos de él?
Dejé la estación y subí por la avenida Hassan II, paralelo al jardín de
los enamorados, que en esas primeras horas yo lo habría bautizado como el
jardín de los amores marchitos, porque en aquellos momentos ninguna pareja, por
muy enamorados que estuvieran, podrían mantenerse embelesados sin ser afectados
por la inminencia calórica de la radiación solar.
Entré a la medina a través del vano de la puerta de Bab Al Okla antes de
que la avenida encumbrara. Esa puerta también era conocida por la Puerta de la
Reina, ya que en la ocupación de 1860 los soldados de la reina Isabel II
chuparon muchas guardias allí. No tenía ninguna prisa por buscar alojamiento.
Esa era la ventaja de viajar liviano, con una pequeña mochila de 40L. Enseguida capte la singularidad de aquellas
estrechas y laberínticas calles del casco viejo, conocidas como medinas en el
mundo árabe; aquella todavía permanecía latente la vida tradicional, no había
sucumbido a las hordas turísticas, tenía ese aroma añejo y exótico que tanto
gusta al viajero independiente. Además, como de un enorme aire acondicionado,
la temperatura se regulaba y se hacía soportable entre sus pardos muros.
Siguiendo en el deambular del caminar errante, por callejuelas casi
desprovistas de comercios, acabó el Viajero Pesimista saliendo por Bab M´Kabar,
conocida por la puerta del cementerio, cuyo nombre más popular era dado por los
miles de personas optimistas y pesimistas que descansaban eternamente en esa
ladera, sin importar mucho ya lo que en para ellos en vida tuvo importancia.
Aunque si hablábamos de importancia, a sus seres queridos que permanecían en
este sueño llamado vida, no les importaba mucho, por las imágenes de suciedad y
abandonó que tenía el cementerio, cómo andarían por la otra existencia. Aunque
imagino que para una mujer musulmana la idea de su marido disfrutando
sexualmente con unas cuantas vírgenes en el otro mundo no debiera despertar en
ella, precisamente, un sentimiento de fidelidad o empatía emocional. Desde luego, los
cementerios marroquíes tenían más características de vertedero que paraíso.
Uno podría llegar a pensar que allí tan
solo enterraban a delincuentes, asesinos y pederastas.
Fui a refugiarme a la sombra de unos altos árboles durante un rato,
mientras leía la guía de Lonely Planet y bebía un poco de agua. El calor ya era
insoportable.
Volví a adentrarme en la medina, recorriendo las calles comerciales y saliendo
por la calle de Tarrafín, que estaba llena de joyerías. Poco interés, por cierto, despertaba
en el Viajero Pesimista, que nunca fue de adornase el cuerpo ni tatuárselo,
aunque fuera bañado en el oro más puro o en el diamante más valioso.
Paseé por las calles con significativo aroma español, un legado de la
época colonial, donde la escritora María Dueñas dio un protagonismo importante
en su libro” El tiempo entre costuras”. Una obra interesante para imaginar
aquella época, aunque como novela me pareció un poco ñoña.
En las cercanías de la modesta Iglesia Ntra. Sra. de la Victoria fui
abordado por un tetuaní que hablaba un español aceptable.
-Mi abuelo era español. Yo trabajo con el párroco de la iglesia de Bacturía-
me dijo el delgado hombre de ojos apagados.- Soy un buen guía que podría
mostrarte toda la ciudad.
-No, muchas gracias, ya he visto todo.- le respondí amablemente.
-Ves. Allí arriba. - señalando una colina cercana que se veía una
fortificación en su base-. Es el antiguo destacamento de los regulares
españoles de la época del protectorado. Podemos ir y te lo enseño; he sido guía
de muchos españoles.
Mi respuesta siempre fue negativa ante su insistencia hasta que
finalmente se rindió.
Afortunadamente, fueron pocos los que incordiaron, se notaba que no era una
ciudad muy turística.
Eran las tres de la tarde cuando busqué alojamiento.
Me alojé en la pensión Iberia por 19 euros (solo quedaba una
habitación doble). Las habitaciones estaban limpias pero su mobiliario, sus
colores y el edificio recordaban a una institución sanitaria, con camas con
cabeceras de aleación que solo le faltaban barandales laterales para sentirme
como un paciente.
La plaza Hassan II era un lugar cercado por vallas móviles y custodiada
por los cuerpos de seguridad del estado marroquí. En uno de sus lados se encontraba
la fachada de uno de los palacios reales que hay diseminados por Marruecos para
el disfrute del monarca. Aquella plaza no pertenecía al pueblo, no era
accesible. Resultaba surrealista que en pleno siglo XXI un rey tuviera actitudes
anacrónicas. Y, además, aquel palacio, seguramente lo utilizara cuatro o cinco
veces al año. Todo un despilfarro de dinero con una añadidura de autoritarismo.
Dejé malhumorado la plaza y dirigí mis pasos al antiguo cuartel de los
regulares españoles, para ello ascendí por la parte más humilde de la medina.
En la ascensión por las empinadas e irregulares callejuelas me encontré con
cuatro niñas sentadas en un escalón de acceso a una modesta casa. Tenían ojos vivaces
y me pidieron el móvil alegando algo que no entendí. Les mentí, diciéndoles que
no tenía. No me pareció que sus intenciones fueran buenas. Me las imaginé
corriendo entre las intrincadas calles y perdiéndolas de vistas antes de que
reaccionara al dejarles el aparato electrónico. Era increíble pensar, que en
esas mismas calles no tan solo vivían niños y adultos, sino personas de
avanzada edad, que, si tenían movilidad reducida, dudaba mucho que salieran de
sus hogares. Debía ser una tortura para aquellas personas vivir allí. De allí,
probablemente, cuando salieran lo hicieran con los pies por delante y por
última vez, para no volver.
Llegué a la cima de la colina y entré decididamente por el que una vez
debió ser el acceso principal del acuartelamiento. En el soportal, en una
estancia en el lado izquierdo, había cuatro marroquíes sentados que me
informaron de que estaba prohibido entrar. El interior, lo poco que vi, tenía
un estado de conversación lastimoso. Lo único que podía imaginar donde estuvo
ubicada la plaza de armas de los legionarios. Así que me conformé con rodear el
edificio por su parte superior y exterior. Desde allí, al menos, había
unas vistas excelentes.
Después de cenar, me senté en una plaza a ver a los marroquíes disfrutar
de las temperaturas más agradables del ocaso. En esas horas la gente
aprovechaba para callejear y disfrutar de las temperaturas más
agradables.
Recordé cómo descubrí por primera vez la existencia de Tetuán mientras veía
a los niños jugar a fútbol en la plaza. Fue cuando tenía catorce años y fui a
casa de un amigo, quien me enseñó unos periódicos deportivos que su padre guardaba
de la temporada 51-52 de la liga española. Hojeando sus páginas amarillentas
por el tiempo, llamó la atención una crónica de un partido de fútbol: A. Tetuán
3- R. Madrid 3 en el campo de Varela. El equipo local ganaba 3 a 1 al descanso
y el partido terminó envuelto en polémica arbitral y una invasión al campo por
los aficionados más enojados, con incidentes que fueron reprimidos por las
fuerzas del orden público. No me sorprendieron los incidentes, algo que solía
ocurrir con cierta frecuencia en los campos de fútbol, sino el nombre del
equipo local. ¿De dónde era el A. Tetuán? De Marruecos, me dijo mi amigo. Al
principio me pareció extraño que un equipo africano jugara la liga española,
luego, tiempo más tarde, comprendí la razón. En aquella época Tetuán formaba parte
del Protectorado español. No obstante, no dejaba de ser, por ello, una hazaña
que un equipo africano, dirigido, eso sí, por españoles, llegara a la primera
división y jugara una temporada.
Imágenes añadidas de internet.
El día había sido tan intenso que el paciente necesitaba urgentemente
acudir a su cama. Me fui a dormir con un buen sabor de boca de Tetuán, a pesar
de su sucio cementerio.


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