Mochilero en Mae Salong
16 de enero de 2004
El último tramo del recorrido antes de llegar al destino lo realicé en un songthaew. Dado que los bancos dispuestos para los pasajeros estaban dispuestos perpendicularmente a los ejes del camión, el conductor no iba precisamente de paseo y que la carretera era serpenteante, acabé mareado en ambos ocasiones (ida y vuelta). Creo que la primera vez, cuando llegué a Mae Salong andaba peor, con ganas de potar.
En la camioneta, el cincuenta por ciento éramos extranjeros. En Tailandia, lo difícil es no encontrarte uno. Hemos invadido literalmente el país. Todavía recuerdo, cuando era muy joven, la historia de un compañero de trabajo, cuando el país tenía muchísimo menos turismo que actualmente. La Tailandia que me describía parecía sacada de un película estadounidense ambientada en la época dorada de los gánsteres, donde el primer peligro sobrevolaba justo al llegar a la antigua Terminal Internacional del Aeropuerto de Bangkok, la misma donde yo llegué. La mafia que había alrededor de los taxistas era muy peligrosa, pero afortunadamente para él, un norteamericano, veterano de la guerra del Vietnam, le echó un capote.
Mae Salong era el mayor productor de té de todo el país y la mayoría de sus habitantes eran de origen chino. Exiliados de la época en que el comunismo triunfó definitivamente en China de la mano de Mao Zedong. Eran ex soldados que pertenecieron al partido nacionalista chino que tuvieron que huir si querían permanecer vivos. Mao no era precisamente un líder comprensivo y altruista.
Hacía relativamente poco tiempo que este territorio fue un lugar inhóspito para el turismo, ya que su población estaba vinculada al narcotráfico y la mayoría vivía de ello. Los campos de cultivo de opio eran la principal razón.
En el alojamiento ofrecía gratuitamente un mapa de senderismo para aquellos que quisieran explorar los alrededores, donde vivían grupos étnicos en aldeas precarias. Realicé una travesía fácil para conocer un poco la vida de estos grupos. Según me comentaron, algunas jóvenes de estos grupos eran captadas para la prostitución por mafias despiadadas.
En los prostíbulos de Bangkok, donde seguramente también habían de esta región, a las mujeres las colocaban detrás de escaparates para que los turistas occidentales pudieran elegir la que más les gustaba. Y por mucho que pueda defender algún cliente, para dejar tranquila su moral, aquellas mujeres no estaban por su propia voluntad. ¿Y cómo lo sé? Pues, lamentablemente, porque estuve una vez allí, borracho, lo cual no justifica mi acción. Resultó ser una experiencia abrumadora que me hizo reflexionar profundamente y me quitó las ganas de repetirla.
Estas experiencias me llevaron a reflexionar sobre cómo los humanos normalizamos y justificamos nuestras conductas, lo cual me hacía entender perfectamente cómo la esclavitud estuvo totalmente normalizada en las sociedades anteriores. Sin embargo, en la actualidad, a pesar de considerarnos civilizados, a veces realizábamos conductas intrínsecamente relacionadas con la mentalidad de aquellos dueños de esclavos.
Recordando una cena de despedida de un amigo 1995, que se casaba. Contratamos a un travesti para esposar su muñeca a la de mi amigo durante toda la noche. Sé que le habíamos pagado , y él también era consciente de lo que implicaba ese trabajo, ya que era habitual contratar a estas personas para eventos de este tipo. Sin embargo, además de no tener ni la decencia de invitarlo a comer, nos divertimos a expensas de su humillación. Alguna vez lo hable con algún amigo que aquello no estuvo bien y en cierta medida siguió justificándolo como que él había aceptado libremente, eran otros tiempos.
Aquella noche, después de cenar, me senté a tomar un refresco en la rústica terraza del hotel. Allí conversé con un joven bilbaíno llamado Unai, empedernido viajero.
Unai trabajaba como funcionario y siempre que tenía la oportunidad se escapaba a conocer el mundo. A veces, a pesar de ser muy vasco, utilizaba la picaresca española para conseguir días libres. Para el próximo viaje a Nepal, para dentro de dos meses, me dijo, había solicitado a su empresa un permiso especial por escrito, que le concedieron bajo el pretexto de cuidar de su madre enferma. No me pareció muy ético, pero no le dije nada. Había aprendido a lidiar con las contradicciones humanas que tanta frustración me provocaron de niño. Lo que no me di cuenta de pequeño que yo también formaba parte del grupo, que no era un ser único y que mis necesidades no eran diferentes a las de los demás; también tenía una moral contradictoria. Me resultaba más fácil ver los errores en los demás que ver los míos. Había aprendido también que para ser un persona sociable, a veces era necesario ser algo hipócrita. No se puede ser completamente honesto y tener muchos amigos. ¿Os imagináis si todos dijéramos a la cara lo que pensamos en cada momento acerca de las personas que nos rodean? Normalmente, las críticas más feroces las hacemos a personas lejanas y cuando es cercana normalmente se focaliza sobre el más débil del grupo, nunca contra quien ostenta algún tipo de poder sobre nosotros, como en los estadios de fútbol, donde la irá se puede dirigir a una persona gracias al anonimato que da el grupo, o cuando criticamos abiertamente a una persona particular,cercana a nuestro entorno, es porque los mecanismos sociales del grupo social al que pertenece uno han llegado a la conclusión de que esa persona es malvada. La presión social es un poderoso instigador de conductas morales y pensar lo contrario podría llevar al individuo al ostracismo. Algo que muy pocas personas están dispuestas a sacrificar por ser moralmente libres, y una parte de las que suelen sacrificarse es porque tienen la necesidad de imponer su moral al resto, ser el nuevo dominador. La vida en sí ya es extraña, pero nosotros la hacemos más extraña con nuestras rocambolescas justificaciones.
Había algo en lo que congeniábamos: nos sentíamos bastante a gusto sin abrir la boca; ambos podíamos pasar todo un día viajando sin hablar con nadie. A algunas personas, o a la mayoría, les podría resultar complicado no poder comunicarse oralmente durante tanto tiempo. Sin embargo, a lo hora de viajar, utilizábamos otros sentidos para conectarnos con el mundo, era imposible aburrirse en un mundo en constante cambio y novedoso. Nuestro vínculo se asemejaba más al que utilizan otras especies animales; nuestros silencios acentuaban nuestros sentidos, estábamos atentos a nuestra interpretación fenoménica del mundo que nos rodeaba, que podía ser errónea, pero era más nuestra, el orgullo del ego.
Me despedí de Unai tras haber conversado durante tres horas sin parar. El reloj marcaba la una de la noche y quería levantarme temprano para aprovechar el día siguiente para hacer senderismos.
17 de enero de 2004
Al día siguiente realicé una ruta sencilla de seis horas caminado, atravesando aldeas empobrecidas, con casas que al primer suspiro de Eolo podrían sucumbir, estructuras sencillas que no estaban hechas para la eternidad. Esas etnias de las montañas vivían sencillamente. El día fue perfecto para andar, el calor no era lo suficiente ardoroso para agotar mi espíritu.
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