Mochilero en el corazón de Pérside
A lo largo de la historia, han surgido grandes imperios que han tenido un impacto significativo en el desarrollo y el rumbo de la humanidad, logrando avances notables en una variedad de campos que incluyen la ciencia, la tecnología, la cultura, la arquitectura y la administración. Imposible de desarrollarse en sociedades pequeñas y atrasadas, donde los intereses de los diferentes a menudo daban lugar a relaciones vecinales complicadas que dificultaban la cooperación fructífera y el progreso de la humanidad. Paradójicamente, la única manera posible de lograr estos avances en el pasado fue a través de la conquista, con todos los perjuicios que esto conllevaba para las poblaciones conquistadas. Sin embargo, sin estos imperios y sus políticas, probablemente mi vida se habría extinguido hace años, hoy no estaría escribiendo esta entrada y el mundo al cual pertenezco sería otro mucho más primitivo y hostil.
De aquellos grandes imperios nacieron deslumbrantes ciudades que fueron admiradas y envidiadas por su grandeza y magnificencia, ciudades que permanecieron, a pesar de su desaparición, vivas en la memoria colectiva, con un halo de misterio e idealizadas, distorsionándolas a veces de manera positiva y otras negativamente dependiendo la relación que sus antepasados mantuvieran con estas urbes.
Un ejemplo claro es Babilonia, a menudo representada de manera negativa como un símbolo de opresión y maldad por la narrativa religiosa. Los judíos nunca perdonaron a los babilonios por la destrucción de su Templo de Jerusalén, y es que aún hoy, cientos de judíos lamentan esta pérdida diariamente en el único muro que ha sobrevivido milagrosamente.
Pero la protagonista de esta entrada no es Babilonia, sino otra gran urbe de la antigüedad que despertó igual o incluso mayor admiración que la ciudad mesopotámica. Esta ciudad, centro del imperio persa y morada de los emperadores aqueménidas, fue famosa por inspirar relatos épicos de la Grecia clásica, como las batallas de Maratón o de las Termópilas, donde la heroicidad de sus guerreros perdura en la memoria colectiva de occidente.
¿Quién no ha oído hablar de los 300 espartanos que se enfrentaron contra el inmenso ejército de Jerjes, aunque sea a través de Hollywood? Aunque es importante mencionar que Zack Snyder, el último en recrear la batalla en el séptimo arte, distorsionó más la historia al convertir a los fornidos espartanos en culturistas lampiños del siglo XXI, lo cual resulta difícil de creer, ya que los griegos tienen fama de ser peludos. Por supuesto, en este momento, ya sabréis que estoy hablando de Persépolis, la gran capital del Imperio Persa. A donde me dirigía aquella mañana invernal de 2019.
Me encontraba en la recepción del hotel Shiraz International Parseh Hotel, por el cual pagué 2.320.000 riales por una noche. Estaba esperando al joven que conocí el día anterior en el compartimento de tren durante mi viaje desde la capital a Shiraz. Él me aseguró que me llevaría a los restos arqueológicos de Persépolis al día siguiente. Antes, había desayunado en el buffet libre del comedor, que estaba bien surtido.
Accedió a la recepción otro joven que se dirigió al empleado del hotel para preguntar por mí, venía de parte de su primo. Al final, resultó que lo que quería decirme el viajero que compartió cabin conmigo en el tren era que enviaría a un familiar suyo, no que iría él. Por lo menos, aquel joven chapurreaba inglés, todo lo contrario que su primo, que no sabía ni una palabra.
Se presentó como Mossein, un estudiante de 22 años de edad; aunque tuve mis serias dudas al respecto, ya que pasé las últimas horas del día en un apartamento compartido con sus colegas y él en Shiraz ,haciendo tiempo antes de que partiera mi autobús nocturno a Yazd. En ese lugar, el único libro que había era el Corán, y las únicas inquietudes de aquellos chavales era ver fútbol de la liga inglesa y fumar porros sin parar. En ese momento, pensé que el comedor parecía más bien una discoteca de los años noventa por la densa neblina provocada por el humo, antes de que entrara la ley antitabaco, lamentando haber dejado de fumar en momento tan inadecuado.
Antes de partir, tuvimos que negociar cuánto me costaría su servicio con transporte incluido, ya que en ningún instante creí, desde que conocí a su primo, que esto fuera por hospitalidad iraní. Me pidió 50 euros por llevarme a Persépolis y Pasagardae, ubicado este último emplazamiento aproximadamente a ochenta y cinco kilómetros de la antigua capital de Persia. Al final, después de cinco minutos de tira y afloja, acordamos treinta y cinco euros, lo cual fue suficientemente generoso por mi parte, ya que era más caro de lo normal.
Con todos los flecos solucionados, salimos a la calle. Allí nos esperaba Baker, el conductor, un hombre de cuarenta y nueve años jubilado que había sido militar. Abrimos las portezuelas del Paykan, uno de los modelos más famosos de Irán que dejó de fabricarse y venderse en el 2005, pero que todavía se veían muchos en circulación. Nos pusimos en rumbo, al fin, hacía uno de los lugares míticos de la antigüedad que hizo temblar la cultura griega. Si hubieran logrado apoderarse de Grecia la historia de Europa hubiese ido por otros vericuetos muy diferentes.
Finalmente, después de un hora de viaje y recorrer aproximadamente sesenta kilómetros, llegamos a la principal atracción arqueológica del país, uno de eso sitios que dejan huellas en el alma humana, que recuerdan que hubo otras maneras de vivir, que incitan al soñador a recrear con la imaginación ese mundo extinto, a pesar de que solo sean restos de lo que fue, todavía brillaba poderosamente ante los ojos de los pocos que se acercaban a la ruinas. Todavía radiaba una energía poderosa.
Baker estacionó su automóvil en una inmensa explanada desértica, luego nos acercamos a las taquillas para comprar nuestras entradas. Y en el fondo, a unos cuatrocientos metros de distancia, sobre una meseta, pude contemplar por primera vez la refulgente capital que fundó Darío I el Grande. Solo teníamos que recorrer la amplia avenida para llegar a los torniquetes de entrada ubicados a pie de Persépolis. Resultaba conmovedor ver una de las maravillas del mundo languidecer en la indiferencia, casi sin visitantes. En otras circunstancias, Persépolis sería un poderoso imán turístico que atraería hordas de turistas. Merecía una segunda época dorada, robada la primera por la ira de Alejandro Magno. Ahora no moría por las llamas y los riachuelos de sangre, ahora moría de tedio, al menos aquella mañana soleada.
Me emocioné como un niño occidental que ve por primera vez animales africanos; me dio ganas de llorar de emoción mientras mis pasos se acercaban cada vez más a los restos arqueológicos. Para construir aquella ciudad se necesitaron cincuenta mil personas de treinta y cinco naciones distintas durante quince años. Se construyó con los mejores materiales de todas las regiones de su vasto territorio, comerciando con otras regiones independientes a su poder. Ansié por un momento tener una máquina del tiempo y poder viajar a su época dorada y disoluta de sus ciudadanos; soñé despierto con ver sus edificios revivir, brillar con los materiales más preciosos.
Al llegar al control de seguridad, me comunicaron que no podía acceder con la mochila. Baker la cogió y la llevó a las consignas, ubicadas al lado de las taquillas.
Finalmente, subí la escalinata monumental, que todavía pervivía después de dos milenios y medio, y accedí por la maravillosa Puerta de las Naciones. Este pórtico fue levantado en la época de Jerjes, el mismísimo emperador que se enfrentó a los hombres de Leónidas en el paso de las Termópilas. En sus jambas sobreviven todavía hoy dos criaturas mitológicas que, a pesar del desgaste y los siglos transcurridos, seguía intimidando a los modernos viajeros. Esos toros alados con rostro humano evocaban los temores ancestrales de los humanos hacia lo desconocido y terrorífico.





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