Movimiento, movimiento: Crónica de una estancia sitiada
Aeropuerto de Viru Viru, 26 de enero de 2026
Eran las tres de la mañana en el exótico complejo aéreo de onomatopéyico nombre, aquel que evoca a la calandria, pájaro autóctono de trino vibrante. Tal vez —solo tal vez— sus habitantes primigenios, mucho antes de que los impetuosos y fanáticos religiosos de ultramar arribaran, bautizaron así a un antiguo curso de agua, hoy extinto, mientras se dejaban envolver por el bullicio de estas simpáticas aves.
El dolor acumulado por un nervio irritado en la espalda, tras las horas innecesarias para saltar el océano Atlántico, no dejaba que mi mente trinara a consonancia con su rítmico nombre. Avianca, la compañía colombiana, me trasladó desde Barcelona a Bogotá primero, para finalmente dejarme en las tierras bajas del país de las alturas, el "Tíbet americano". Hecho un piltrafilla.
Pero una mala decisión —por mucho que uno se resista a perder— acaba devolviéndote a la cruda realidad justo cuando piensas que estás hecho de retazos de héroes de Marvel o del valeroso espíritu de los primeros españoles que navegaron el mar para enfrentarse a mil vicisitudes; de esas que pocos hombres, hoy en día, serían capaces de gestionar con la locura de aquellos hombres denostados un millón de veces por las "mujercitas" en las que nos hemos convertido. Y no me importa si esto resuena machista en este diálogo; era necesario para continuar este relato quejumbroso que no quiero que suene a una "mariapenas".
Porque puedo ser un viajero pesimista, pero lo que me niego a ser es un llorón. Hay una parte de nuestra historia que me cautiva; no es la crueldad en sí, sino ese espíritu valeroso y ese soberbio desprecio a la muerte. Si nos sentimos fascinados por personajes como Alejandro Magno o Aníbal, sería casi un delito no sentirlo por Hernán Cortés. Su hazaña, dentro de mil años, estará inevitablemente ubicada en el panteón de los grandes clásicos por lo que hizo y por cómo lo hizo.
Eran casi las cuatro de la madrugada cuando mi taxista me dejó ante mi alojamiento, El Sarao: una casa de arquitectura española con unos portones cerrados a cal y canto. Golpeaba la puerta directamente con mis nudillos, pero nadie se movía en el interior. No pintaba bien la cosa; me veía durmiendo en el porche de al lado, rezando para que una mala confluencia de sucesos no hiciera pasar por allí a algún amigo de lo ajeno. Yo, que no era Hernán Cortés, sentía cómo mi valentía se deshacía como un azucarillo en un café con leche: diluida.
Por fortuna, mi taxista no me abandonó y utilizó su teléfono para llamar. Fue entonces cuando el poco comunicativo y espigado Maxi abrió la puerta pequeña de uno de los portones y franqueó la entrada, con esos ojos saltones que parecían querer escrutar los secretos más oscuros de uno.
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Edificio de la Brigada Parlamentaria Cruceña en la Plaza 24 de Septiembre. |
Santa Cruz de la Sierra, tierra recordada por mi convalecencia, a primero de febrero de 2026
Las mañanas se repetían casi como en un time loop: calor en la espalda con el secador, una ducha de agua caliente y buscar, por los alrededores de la vibrante Plaza 24 de Septiembre, un local para almorzar. Ante el testigo silente de los cruceños —hecho de retazos sosegados y respetuosos—, no recuerdo haberles visto alzar la voz nunca. ¿Serían sus antepasados asiáticos?
Difícilmente; se notaba que eran una mezcla de españoles y autóctonos precolombinos, con una influencia caucásica predominante; todo lo contrario a lo que se percibe en La Paz.
Luego me sentaba en uno de los bancos de la plaza, ajardinada y siempre impecable, sin rastro de basura. Siempre había un equipo de limpieza rastreando la zona para mantener su pulcritud bajo la mirada atenta e indiferente de los policías locales; en su mayoría eran mujeres corpulentas que resultaban amables cuando les preguntabas. Lo cierto es que la mayoría de los cruceños eran personas reservadas, pero predispuestas a ayudar cuando se les pedía.
Recuerdo mi vuelta a Santa Cruz de la Sierra procedente de Villa Tunari. Tomé un Uber que debía llevarme al Hotel Viru Viru, pero solo le di el nombre de la calle. Resultó que las calles cruzan los anillos en los que se divide la ciudad sin perder su nombre, pero reiniciando su numeración. Esto provocó que me llevara al séptimo anillo, muy retirado del centro. Ya era demasiado tarde cuando me di cuenta del error.
Cuando le dije al taxista que la equivocación había sido mía por no haberle especificado que iba al hotel del centro, su actitud cambió. Ese simple gesto hizo que se distendiera y comenzara a hablar todo lo que no había hablado hasta entonces; y menos mal que, según él, era una persona parca en palabras. Me comentó que había trabajado en Guayaquil y Lima, y que allí sí que había delincuencia. Bolivia, comparada con sus vecinos, era una balsa de aceite: un lugar bastante seguro siempre que uno siguiera las pautas habituales. Y, a pesar de que le dije que no se preocupara, que pagaría lo que hiciera falta, me cobró un precio justo; no abusó de mi confianza.
En la Plaza 24 de Septiembre, presidida por la Catedral Metropolitana Basílica Menor de San Lorenzo —cuyo ladrillo visto le otorga una autenticidad única en el mundo de las catedrales—, había mesas de ajedrez que algunos jugadores aprovechaban para ganar algo de dinero. Colocaban las piezas de los dos contrincantes en los escaques de las dos primeras filas de cada extremo del tablero y se sentaban en el taburete junto a la mesa-tablero, a la espera de que apareciera un viandante dispuesto a retarlos.
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Catedral Metropolitana Basílica Menor de San Lorenzo |
Pasé muchos días deseando sentarme a jugar una partida, pero sabía que sería una presa fácil. Llevaba tanto tiempo sin jugar que me faltaba la frescura y la agilidad mental de aquellos años en los que competía con 13 años, cuando logré unas meritorias tablas contra uno de los favoritos de Segunda Regional para el ascenso en un Torneo del Hospitalet de l' Infant.
Sin embargo, un día dejé a un lado la vergüenza y me senté. La partida no duró mucho; la experiencia del joven que jugaba contra mí fue decisiva. Al menos, para consolarme, fui capaz de prever el jaque mate en tres movimientos y, antes de que ocurriera, tumbé al rey.
Bajo los soportales decimonónicos del casco viejo, aparte de aportar elegancia, también resguardaban a vagabundos que mendigaban caridad, otro poderoso recordatorio de que la riqueza no se reparte por igual.
Pero luego pensé: "¿Acaso en Tarragona no hay mendigos?". Recordé que poco antes de partir, fui a sacar dinero de un cajero donde un hombre dormía refugiándose del intenso frío. Extrañamente, un sentimiento de alerta se activó en mi interior; lo sentí instintivamente como una amenaza antes de introducir la tarjeta en la ranura. Fue entonces cuando comprendí que los vagabundos no indican necesariamente la riqueza de un país, sino, en muchos casos, las vergüenzas descaradas de los pudientes.
Recuerdo que una vez vi a un hombre llorar desconsoladamente bajo los soportales de Santa Cruz y no le hice caso. Solo deseaba llegar a mi habitación; el dolor de espalda era demasiado intenso como para conmoverme ante el sufrimiento ajeno. Mi dolor no entendía de otros dolores. En ese estado, mi sufrimiento podría haber pisoteado los derechos de otros solo para dejar de ser escuchado; la moral teórica habría sido avergonzada por el instinto de supervivencia.
Pero no me sorprendió esa reacción egoísta y contradictoria de mi ser; ya la había experimentado antes. Siempre repetía que jamás pegaría a un niño, bajo ninguna circunstancia, hasta que esa circunstancia apareció para obligarme a tragarme mis palabras.
Por aquel entonces, viajaba por el Amazonas en un barco mixto de carga y pasajeros que amarró en la localidad de Yurimaguas. Allí, cinco minutos antes de desembarcar, un grupo de niños de la calle subió a bordo y nos rodeó como hienas, intentando robarnos entre la confusión de sus palabras y sus miradas maliciosas. En ese instante comprendí que, si alguno hubiera intentado meter la mano en mi mochila o en mi bolsillo, no habría dudado en golpearlos para que se detuvieran. Allí me percaté de la abismal dificultad de poner la teoría en práctica cuando el entorno se vuelve hostil.
La existencia, igual que aquel jugador de ajedrez de la Plaza 24 de Septiembre, no dejaba de darme jaques mates. ¡Qué mal jugador era yo en esto de vivir!
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Limpiabotas en la Plaza 24 de Septiembre |
Otra de las cosas que me llamó la atención fueron las librerías que había y los libros religiosos que ocupaban las estanterías. Algunos locales eran casi temáticos. Entre ellos, se encontraban libros de satanismo, manuales sobre cómo hacer un exorcismo y cosas por el estilo. Estuve a punto de comprar un libro sobre Satán, pero la vida ya me parecía demasiado satánica para perder el tiempo leyendo a un escritor que desperdiciaba su don escribiendo esas cosas. Igual podría haber sido un potencial Allan Poe o Lovecraft, pero estaba perdiendo su talento en vericuetos ininteligibles.
Durante los peores días de mi estancia en Santa Cruz, encontrar lugares donde el menú no fuera exclusivamente carne resultaba una tarea difícil. Así que, dictado por el dolor, me salté varias veces la norma de no comer carne; una regla que llevaba más de quince años cumpliendo casi a rajatabla, aunque en otros viajes ya había tenido que ceder.
¿Por qué no como carne? Por la cercanía genética de esos animales con nosotros. Aunque sé que los peces también sufren —y hubo una época en la que tampoco los probaba—, al final cedí por cuestiones de salud. No soy tonto ni ingenuo: sé que, al final, la supervivencia es el eje de mi existencia.
Las tardes las pasaba en la habitación y otras salía. En una de esas tardes dolorosas, acabé moralmente derrotado y compré un billete de vuelta para dentro de diez días. Mi viaje por Bolivia estaba programado para cuarenta días, pero mis dolores de espalda no iban a dejarme hacer lo que quería; iba a estar muy limitado. Era la primera vez en mi vida que adelantaba el regreso de un viaje, y me resultó frustrante y triste.
Sin embargo, en una de esas salidas aproveché para ver el desfile del Carnaval que, a pesar de no tener la fama del de Oruro, resultó entretenido por los coloridos trajes y los bailes de las comparsas.
—Me quedo dos noches más —le decía a Maxi, el propietario del alojamiento, cada vez que pasaban los días y no me recuperaba. Hasta que, después de siete días, me vi con fuerzas para tomar un avión a La Paz.
Fui corriendo a la Plaza 24 de Septiembre a cambiar dinero en una de las casas de cambio; pero, finalmente, siempre recurría a los cambistas que pululaban por los alrededores, ya que el tipo de cambio era bastante mejor. Siempre cambiaba un euro por diez bolivianos, a veces incluso un poco más; en cambio, en las casas de cambio, siempre estaba por debajo de diez.
¡¡Qué alegría sentí cuando por fin hice la maleta y tomé un taxi al aeropuerto de Santa Cruz! Volvía a entrar en la dinámica del viajero, aunque fuera volando. Movimiento, movimiento... ¡cuánta falta lo echaba!



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