Runruneador nocturno

Barajas, 11 de febrero de 2026 

La mayoría de los locales tenían las persianas bajadas cuando llegué a la Terminal 4 a medianoche, procedente de un vuelo intercontinental desde Bogotá; parecía cualquier centro comercial  a horas intempestivas de cualquier ciudad del mundo. Sin embargo, aún quedaban clientes —o, en este caso, escasos pasajeros— en la vastedad de sus instalaciones. Pero no habían personajes siniestros, sacados de los nichos ecológicos más duros y peligrosos del mundo.

Me dirigí al único local que vi abierto, un McDonald's, también con poca clientela, siguiendo la tónica de la noche madrileña en el aeropuerto. Solo unos jóvenes filipinos comían, en el centro del local, unas hamburguesas con patatas. Me senté muy cerca de ellos tras pedir mi hamburguesa de pescado, patatas y una cerveza.

Mientras esperaba mi pedido sentado en uno de los bancos coloridos, me pregunté si los filipinos retornaban a su tierra o si acababan de llegar, esperando el vuelo doméstico que los llevara al puerto donde los aguardaba su barco de mercancías... No sé por qué creí que eran marineros, a pesar de que no había nada que confirmara mi suposición, salvo su nacionalidad. Aunque en sus frentes creí leer: «We are sailors».

Abandoné el local para sentarme a escribir en el ordenador un rato, en una larga y alta mesa ondulante rodeada de taburetes fijos, junto a un panel informativo de  los vuelos, antes de que los párpados se volvieran plomizos y mi mente se aborregara hasta el punto de no poder pronunciar con claridad ni siquiera mi nacionalidad si alguien me lo hubiera preguntado.

Junto a la mesa, una joven se dedicaba a hacerse selfies de su rostro hermoso hasta que su cuerpo acabó doblegándose ante la mesa, que ejerció de improvisada almohada y parte superior de una cama. La posición para dormir no era la más adecuada, doblada como una bisagra, pero al menos las horas irían pasando en esa duermevela maléfica que se establece en esos lugares, incapacitantes para profundizar en las profundidades del reino de Morfeo.

 

Panel informativo de horarios de vuelo.


Hasta que en los monitores indicaran la puerta de embarque de mi vuelo a Barcelona todavía quedaban más de cinco horas, así que comencé a escribir esto que estáis leyendo. Y, mientras el cansancio me dictaba las letras en el teclado, apareció un joven con una gorra de béisbol con la visera hacia atrás. Reía para sí mientras chateaba por una de las aplicaciones del smartphone. Después llegó un trabajador con su traje reflectante para poder acceder a la zona restringida del aerpuerto. Tal vez se estaba escabulliendo del trabajo . Siempre mal pensando, señor Agustín. No puede se que este en su tiempo de descanso.

En las sillas configuradas como bancos dormían un subsahariano y un magrebí. Se las habían apañado bien para sortear los reposabrazos que había cada tres asientos. Parece que les duele ver a una persona tumbada durmiendo plácidamente a altas horas de la noche. Se nota, se nota... Ellos nunca dormirán en unos bancos. Los CEO de las empresas, como se les llama hoy en día o como se les ha llamado siempre. Ni idea, la verdad.

En aquellos momentos, de pensamientos asilvestrados por un cerebro molido, perjuraba que sería la última vez que haría un vuelo tan largo. Lo prometí, pero sabía que hay promesas muy dificiles de cumplir, y esta era una de ellas. Y eso que la dorsalgia crónica me estaba respetando y no se intesificaba el dolor, ya que este siempre tiene la mala costumbre de poner más horas en el minutero del reloj, y como un gran prestigiditador convertir los minutos en interminables horas. 

¡Qué pesada es la vida del viajero! Cómo escuecen estos momentos inevitablemente insoportables. ¡Mira al de la gorra de béisbol con la visera en la nuca! Parecía cómodo pasando el tiempo frente a una pantalla que cabía en la palma de su mano. Ni tan siquiera miró una vez a la chica de rostro bonito, adormilada y fabricando legañas en las comisuras de sus ojos. Era como si le hubieran dejado de interesar las chicas monas o como si el mundo de los hombres mediocres en los menesteres copulatorios ya no interesara, ahora que las mujeres habían descubierto que el hombre ordinario no dura más de cinco minutos, que algunos tenían pelos en el culo y que sus penes no superaban los quince centímetros en el mejor de los casos.

El aprendizaje había dejado al descubierto todas las vulnerabilidades del hombre, que se encontraba desconcertado en un mundo más competitivo de lo que creía. ¿Acaso se creían diferentes de las demás especies? Ahora no solo eran las mujeres las que debían lidiar con sus complejos para poder ligar. La liberación de la mujer había hecho a muchos hombres más «femeninos» en cuestiones amorosas, con el perjuicio añadido de que siempre es más difícil fisiológicamente para un hombre estar activo sexualmente que para una mujer. O, oye, igual solo deseaba tener contacto con el feo y viejo hombre que teclea ante una pantalla. ¿Quién sabe? Eso contaría como un punto a mi favor —pensé maliciosamente— para hacer subir el termómetro del ego

Por eso escribo; no solo para decir chorradas, sino porque es una buena forma de que el tiempo pase más rápido. Escribo para mirar a personas anónimas, como el de la gorra de béisbol o la fabricadora de legañas en las comisuras de sus ojos, e intentar descubrir algo de ellos solo observándolos. Son personas que, si hablara con ellas, seguro que transmitirían simpatía y serían educadas. Hemos sido educados para eso, al fin y al cabo, ¿no?

En ese momento veía a las personas como el Amazonas a vista de pájaro: hermosas. Sí, las veía como en aquel viaje que realicé hace más de veinte años a la región de Loreto, sobrevolando la selva desde Lima hacia Iquitos. ¡Qué bonita es la  selva! ¡Ay...! Pero quise continuar, no quedarme en el interior de la cabina del avión observando desde la ventanilla ovalada del fuselaje. Bajé por las escaleras para introducirme en su interior, en el "infierno verde".

¡Qué bonito se ve todo desde la ventanilla del avión! ¡Qué bonitas nos vemos las personas desde esa ovalada perspectiva! Pero tuve que introducirme durante siete días en su interior, dejar los placeres de la cama y la distorsión del hormigón y los ladrillos que oscurece la realidad y hace brillar la idealización.

No, no debería haber entrado en sus entrañas durante una semana para reflejarme en sus profundidades, donde la vida es una eclosión de felicidad efímera y miedos permanentes; pero donde, felizmente, la memoria no juega un papel relevante en sus criaturas, dotadas de una chispa de conciencia limitada a la supervivencia y no a la fantasía o a la destrucción del propio hombre.

¿Era eso lo que hacía yo? ¿Destruirme? Debía aceptar mi naturaleza subjetiva, ceder a sus pretensiones, someterme a su poder, como los caballos salvajes se someten a las órdenes de los cowboys. ¿Era eso lo que debía hacer para ser una persona sana y feliz? Ese era el extraño camino que debía recorrer todo ser humano: aceptar y esconder su realidad más negruzca, no identificarla, salvo en la de los demás. ¿Eso debía hacer?

¡Eh! ¡Tú, el de la gorra con la visera al revés! Y tú, ¡fabricadora de legañas! ¿Por qué no me respondéis? Los miraba y les gritaba desde lo más profundo de mi interior, sin vocalizar mis emociones, pero ellos seguían a lo suyo, sin percibir la llamada de auxilio de mi agonizante alma.



En el infierno verde hace más de veinte años con nuestros guías. En el viaje me acompañó un estadounidense.

Volví a la jungla, reviví mis experiencias desde el desangelado aeropuerto; vi de nuevo resucitar a los seres vivos y danzar —no jugar ni aparearse distendidamente—, pues no había tiempo en sus enmarañadas confluencias de amenazas predominantes, hechas de millones de tonalidades verdosas. Un entorno no vacacional, sin resort ni nada gratuito. No podía decir, cubierto por una mosquitera y con una linterna frontal encendida, revisando cada hora y centímetro de mi espacio protegido nuestro descanso nocturno, que la existencia era bella. Desde allí, no podía vendarme los ojos, bailar ciegamente al hermoso calor del amanecer y disfrutar del delicioso baño en sus aguas mientras escribía una grandilocuente oda a la existencia. No podía; lo recordé.



Mi cama en la selva amazónica.


Y, de repente, me sacó de mi ensimismamiento una mopa que una empleada de limpieza rozó  en una de las patas de mi taburete por equivocación. —Perdone, señor. —No, no pasa nada.

La miré de nuevo de reojo, por curiosidad. No era bella físicamente (claro, como el ochenta por ciento de la humanidad.¡No te jode!), pero no paró de limpiar hasta que el suelo brilló como las estrellas que la polución de Madrid no debía dejar ver. Sí, como el mundo: con un velo. ¿Y si yo solo me había quedado en la matrioshka del dolor y el sufrimiento? ¿Y si debía seguir abriendo muñequitas para llegar al final? ¿Era yo? Mi sino, guiado hacia las catacumbas de la moral.

¿Acaso ellos no ven lo que yo veo?, me desesperé a altas horas de una nocturnidad de neón. Ya estaba tumbado en las sillas configuradas como bancos, replicando la postura del magrebí y del subsahariano, intentando dormir en vano, aunque, en cierta medida, aquello era más cómodo que otras opciones. Escribir ya no podía, pero podía seguir pensando y retener las frases inconexas y preguntas incoherentes más allá del pragmatismo diario de la vida. Sí, eso podía hacerlo. Espera, no te vayas; debo retenerlas para escribir una entrada en mi blog.

¿Por qué? ¿Por qué soy el único que ve que la existencia no es un regalo, sino un encadenamiento de pasiones absurdas? ¿Tal vez porque no follo desde que dejé a mi última amante? —me preguntaba mientras miraba el techo ondulante de la Terminal 4, con sus mastodónticas columnas amarillas abriéndose como la copa de un árbol otoñal de ramas poderosísimas para sostener el amenazante cielo, la inmensa cúpula—. ¿Deliraba o quizá no?



Techo de la Terminal 4

Me senté; dejé de estar boca arriba. El reloj del panel de vuelos permanecía en las 02:00 h. ¿Se ha congelado el tiempo? No corre. Pero no, no se ha congelado: el chico de la gorra de béisbol con la visera en la nuca, a pesar de estar absorto en la pantalla que le cabe en la palma de la mano, parpadeó. Y por si no fuera suficiente prueba, un vigilante de seguridad apareció sobre un Segway, mirando al horizonte, sin percatarse de quiénes estábamos allí (esperando a que la pantalla notificara nuestra puerta de embarque). Su trabajo es más complicado que dominar depredadores; su trabajo, diría uno, es domar el tiempo. Es de los pocos empleos en los que el hombre debe adaptarse a la vacuidad de las horas, resignarse a la lentitud del minutero sin focalizarse en nada.

Y recordé mi época trabajando en un centro comercial, precisamente como domador del tiempo, cuando la cosa se puso"tonta", no por deseo, sino por ese cansancio propio que hace que el pene se hinche sin estímulos emocionales que bien entendieron nuestros antepasados al observar a un burro fatigado. ¿Y si voy al lavabo a matar el tiempo? No, no podría hacerlo. No me tocaría conscientemente en un sitio donde han cagado millones de personas.

Fue entonces cuando recordé mi trabajo. En una inspección de los baños públicos, escuché un sospechoso ruido en uno de los compartimentos: un sonido onomatopéyico que podría ser un «chop, chop...». Cuando se abrió la puerta, un adulto espigado y con el rostro sonrojado agachó la cabeza ante mi mirada, avergonzado, como si hubiera cometido el mayor crimen de la humanidad. Tal vez esperaba que le gritara: «¡Pajillero de mierda!». Sin embargo, hubiera preferido compadecerme de él, decirle: «No te preocupes. Es algo normal, aunque lo normal y lo bueno suela esconderse en esta sociedad».

Pero, como en la selva amazónica, su ansiedad hizo que el clímax llegara muy rápido; lo suficientemente rápido como para que un doctor le diagnosticara eyaculación precoz. ¿Acaso ese doctor nunca estuvo en la selva? Hay prioridades, señor doctor. La supervivencia es una de ellas. Al fin y al cabo, miren al león en la sabana: no se regocija mucho en el acto, aunque dispare muchas veces en una sola jornada.

Pero qué coño digo, no soy un adolescente. Tengo cincuenta años; el sexo ya no domina el escenario, ahora se ha convertido en un personaje secundario. Duérmete, estimado runruneador nocturno. Deja que se desinfle, aléjate de los mundos que ya olvidaste. Céntrate. No puedo. No puedo dormir, no puedo estar despierto. Tengo la maldición de los vagabundos nocturnos: el sueño profundo y reparador necesita comodidad, resguardo y sentirse seguro.

Aparecieron de nuevo los filipinos, pero esta vez en un corto sueño poco reparador, lo suficientemente superficial para que las imágenes no se perdieran en los recovecos de la memoria. Recordé que una vez quise ser marinero, viajar por todos los mares en busca de aventuras, en una época en la que el turismo exótico estaba reservado a las clases pudientes. Quería tener una amante en cada puerto para no lidiar cada día con la misma; alejarme de gritos, ruidos y desprecios, de tener que cumplir expectativas como si fuera sinónimo de ser buena persona. Huir de esa mal llamada cotidianidad que acaba dañando lo que más se ama: a uno mismo, por miedo a volver a la soledad.

¿Ellos qué sentirán: el de la gorra de béisbol y la fabricadora de legañas en las comisuras de los ojos? Son todavía demasiado jóvenes para saber lo que se cocina a fuego lento en la convivencia. Ellos deberían sentir los sueños optimistas provocados por la oxitocina. ¿O no?

Yo, desde joven, me rebelé por las circunstancias. Ya, ya... Sé que el pasado pesa mucho en el presente. Lo sé, no soy ingenuo. Nadie es el timonel de su embarcación, a pesar de tener las manos fuertemente asidas al timón. No hay pala de timón, por mucho que creas que tú la mueves. Todo mueve a todo, como si fuera un «Todo», porque todos pertenecemos a ese Todo, aunque no lo veamos porque estamos en su interior y no en el exterior. Cuestión de una mala perspectiva; de la dificultad del ego de reducirse a ser solo una pieza de un puzle configurado como un infinito politopo que se mueve como una unidad.

Nadie quiere morir, nadie quiere que le roben las erecciones aunque ya no se levante de la cama. Eso decía mi nigeriana, mi última expareja, que trabajaba en una residencia: que había ancianos con mejores erecciones que yo, aunque por aquel entonces yo era más joven. Lo decía para hacerme rabiar... ¿o no? Reflexionaba taciturnamente. Me molestaba porque no podía desligarme de las pulsiones más primitivas de mi ser. ¿Por qué el pragmatismo era tan vulnerable a los instintos?

Ella, otras veces, alardeaba con sus compañeras de que yo era un un tigre insaciable, en respuesta reaccionaria a las fanfarronadas de otras compañeras de sus novios, y yo le decía: «Puedes cambiar de amante, pero no puedes cambiar mi naturaleza. Un tigre no puede tener alas, ni un pájaro viajar a la Luna». Se reía mucho con mis ocurrencias poco varoniles, sacadas de una historia secundaria de Peter Pan.

¡Qué difícil es ser amante! Ahora todos quieren perros para tener a alguien a quien someter, alguien que no les lleve la contraria. O modelos lingüísticos tal vez sea la respuesta egoísta del ser humano; llegará un momento en que amaremos a los robots. Qué más da, lo importante es ser feliz. Como aquellos que buscan el amor en países pobres donde se prioriza la estabilidad a un buen polvo. Yo también estuve tentado, fui un perdedor; pero a mi nigeriana la encontré en Huesca, con papeles y trabajo. Pero ¿por qué me justifico? A tomar por culo todos.

Son las cuatro de la mañana. Por los derroteros del cansancio apareció la Mari, la primera chica que besé. Ella dieciocho años y yo dieciséis. ¡Qué bien le hacía la Mari a mi bolsillo invitándome  en la primera cita al cine! Y cómo besaba. Poco recuerdo de la película, estaba focalizado en ella. No ha estado nada mal mi vida amorosa para un tío poco agraciado. Nunca fui el tipo en el que se fijaría una mujer en una discoteca; yo era del Club de los Perdedores de la ciudad de Derry, esos que acabaron con It. Gracias, Stephen King, por esa maravilla de libro.

Son las cuatro de la mañana. Aparece la Mari, la primera chica que besé. Ella dieciocho años y yo dieciséis. No ha estado nada mal para un tío poco agraciado; yo era del Club de los Perdedores de Derry, esos que acabaron  por dos veces con It. Gracias, Stephen King, por tan magnífica obra.

5:20 h en la pantalla. Por fin, el vuelo Iberia 401 con destino Barcelona embarcará por la puerta J50. Los anónimos se han diluido en un océano de humanos. La vida continúa y yo vuelvo a ser una persona diurna, dejando las divagaciones disruptivas de un alma fatigada. El runruneador nocturno dice adiós a la Terminal 4. Hasta la siguiente visita. Ya habrá más «Its» que derrotar.


 

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