La Conciencia en el Alojamiento Sarao

La Conciencia en el Alojamiento Sarao


"A veces, el cuerpo necesita detenernos por la fuerza para que la mente pueda empezar a moverse. Lo que comenzó como una convalecencia obligada en una habitación de Santa Cruz de la Sierra, bajo el peso de una dorsalgia persistente, terminó convirtiéndose en un viaje mucho más profundo que el vuelo transatlántico que me llevó allí. Estas líneas son el resultado de ese encierro: una disección de la conciencia desde sus raíces biológicas y sus espejismos cuánticos, hasta su última y más dolorosa frontera: la responsabilidad ética ante un mundo que no siempre queremos ver."  Gemini.

.Santa Cruz de la Sierra, a principios de febrero de 2026

"El hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere".Arthur Schopenhauer.

Los primeros días en el Alojamiento Sarao, en Santa Cruz de la Sierra, estuvieron marcados por un intenso dolor de espalda. El viaje en avión desde Barcelona, con escala en Bogotá, había agravado mi dorsalgia, dejándome prácticamente postrado en cama las primeras 72 horas. Solo salía para dar breves paseos hasta la Plaza 24 de Septiembre y comer algo rápido en los restaurantes cercanos. Por fortuna, elegí el alojamiento por su cercanía al centro y no por ser el más barato; una decisión que acabó siendo mi salvación.

Durante los siguientes cinco días de convalecencia, los dolores fuertes mitigaron y, por fin, pude dormir de un tirón. Con el alivio, mi cerebro pudo retornar a sus introspecciones, dándole vueltas al insondable misterio de la conciencia. Una de las características más relevantes de la conciencia es que —creí haber observado en mis días convalecientes en la ciudad tropical— no es congénita; es decir, no nace con el individuo. Necesita un tiempo de madurez para que "salte la chispa" y, sobre todo, de interacción; sin ella, se podría afirmar que el fenómeno no llegaría a producirse. Me refiero a que la conciencia nace de la simbiosis entre seres vivos; es en ese intercambio donde se teje la memoria necesaria para su existencia.

¿Acaso un bebé al que dejáramos en un pozo oscuro y solitario, alimentándolo de por vida sin que viera a nadie, podría desarrollar algún tipo de conciencia? Y si tuviera una conciencia débil, por llamarla de algún modo, dudo que fuera siquiera consciente de su propia existencia. Esto nos lleva a una conclusión provocadora: la conciencia podría no ser una propiedad privada del individuo, sino un ente social, una construcción que solo florece cuando nos reconocemos en el otro.

De hecho, me llamó mucho la atención el momento en que el pedernal de la conciencia se activó ante mí, dejando el primer recuerdo de mi existencia. Fue en el zoológico de Barcelona, jugando con un cachorro de león. Yo corría hacia un lado y el leoncito me seguía, separados por los barrotes; luego yo giraba hacia el lado contrario y él hacía lo mismo. Así, unas cuantas veces. Recuerdo nítidamente lo feliz que era en ese instante. Creo que fue ese momento extraordinario el que acabó dotándome de conciencia; fue el punto de inflexión. Quizás la chispa de la conciencia en los seres humanos se dé siempre en un momento especial de la niñez, un evento suficientemente relevante como para que crucemos el umbral de lo inconsciente a lo consciente.



Representación con IA del primer recuerdo que tuve.

Pero, entonces, ¿qué es realmente la conciencia si no es congénita, sino un Gran Compilador de nuestro entorno, necesario para sobrevivir con éxito? Quizás no sea más que un sentido más, como el olfato, el gusto, la vista, el oído o el tacto... o tal vez sea el Gran Sentido: aquel que los reúne a todos, se mimetiza con ellos, aprende y se mueve de forma autónoma para dar una respuesta mucho más eficaz al entorno en el que habita.

Y entonces surge otra pregunta: a ese Gran Sentido —o a esa Gran Ilusión—, ¿qué lo mueve? ¿Acaso son solo millones de átomos, subpartículas y el caos cuántico dando forma aleatoria a figuras que simulan vida e inteligencia? Desde esta perspectiva, la existencia se asemeja a un programa informático; una idea aterradora para quienes defienden su libre albedrío. Si la libertad solo reside en la incertidumbre cuántica, ¿por qué la Gran Ilusión no parece estar dominada por ella? ¿Acaso no son pruebas suficientes la pulsión sexual, el instinto de supervivencia y los pensamientos arraigados a nuestro nicho ecológico de que somos parte de un guion preestablecido? El libre albedrío debería otorgarnos diferencias mayores y pensamientos más divergentes en espacios reducidos; sin embargo, la verdadera divergencia solo ocurre en nichos alejados, lo suficiente como para no ser el reflejo de lo mismo.

No lo sé; es como si todas las pruebas nos condujeran a ese determinismo al tomar una decisión. Se observan nítidamente patrones de conducta cuando uno se detiene y mira con la mayor objetividad que un cuerpo es capaz de alcanzar. Solo despreciando el ego parece posible descubrir esa verdad velada; una verdad que no tiene utilidad alguna para la representación del "yo" en el mundo. Al contrario, esa verdad puede ser devastadora y minusvalidante para el humano. Por eso, el hombre sigue buscando la verdad desde el ego: una verdad que trascienda al cuerpo, pero que no le obligue a perder los recuerdos y experiencias positivas de su existencia. Ni siquiera los propios científicos se obstinan en seguir ese camino, excepto algunos valientes como el neurobiólogo y primatólogo Robert Sapolsky.

Pero volviendo a la conciencia y dejando a un lado el determinismo, en esos momentos de claridad dentro de la espesa oscuridad del dolor, transcurridos en la soledad de mi habitación en el Alojamiento Sarao, comprendí que la conciencia probablemente tiene grados. Creo percibir la complejidad de la existencia cuando esta alcanza su punto más crítico ante mis ojos: al descubrir que nuestra propia paz es, en parte, un subproducto de la injusticia ajena. Habitamos un "vergel" cuya lozanía se mantiene gracias a pozos oscuros en rincones olvidados del mundo. La conciencia social se enfrenta entonces a un dilema moral devastador: la mayoría defendemos causas justas en la teoría, mientras en la práctica dependemos de la explotación, el sueldo paupérrimo y la esclavitud moderna para sostener nuestro bienestar. Mirar hacia otro lado ante la procedencia del coltán o los derechos laborales pisoteados no es solo indiferencia; es un mecanismo de defensa para evitar que la culpa fracture nuestra identidad.

Así, la verdadera conciencia no es solo la capacidad de ser buenos, sino la valentía de reconocer nuestra complicidad en el sistema que denunciamos. Pero, para ello, tal vez debamos estar dispuestos a morir en soledad, en la cruz, porque el mundo pierde entonces todo sentido como representación y se convierte en algo diferente, imposible de defender desde la estructura del ego.



¿Se vería así nuestro mundo sin los filtros de La Gran Ilusión?




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